domingo, 2 de marzo de 2008

Los ciegos voluntarios

Juan 9, 1-41. 4o. Domingo de Cuaresma. ¡Sí que son necios e insensatos los hombres cuando no aceptan a Dios y pretenden tapar el sol con un dedo!

Juan 9, 1-41

Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios. Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo.» Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego y le dijo: «Vete, lávate en la piscina de Siloé» (que quiere decir Enviado). El fue, se lavó y volvió ya viendo. Los vecinos y los que solían verle antes, pues era mendigo, decían: «¿No es éste el que se sentaba para mendigar?» Unos decían: «Es él». «No, decían otros, sino que es uno que se le parece.» Pero él decía: «Soy yo.» Le dijeron entonces: «¿Cómo, pues, se te han abierto los ojos?» El respondió: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: ´Vete a Siloé y lávate.´ Yo fui, me lavé y vi.» Ellos le dijeron: «¿Dónde está ése?» El respondió: «No lo sé.» Lo llevan donde los fariseos al que antes era ciego. Pero era sábado el día en que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos a su vez le preguntaron cómo había recobrado la vista. El les dijo: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo.» Algunos fariseos decían: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros decían: «Pero, ¿cómo puede un pecador realizar semejantes señales?» Y había disensión entre ellos. Entonces le dicen otra vez al ciego: «¿Y tú qué dices de él, ya que te ha abierto los ojos?» El respondió: «Que es un profeta.» No creyeron los judíos que aquel hombre hubiera sido ciego, hasta que llamaron a los padres del que había recobrado la vista y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora?» Sus padres respondieron: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego. Pero, cómo ve ahora, no lo sabemos; ni quién le ha abierto los ojos, eso nosotros no lo sabemos. Preguntadle; edad tiene; puede hablar de sí mismo.» Sus padres decían esto por miedo por los judíos, pues los judíos se habían puesto ya de acuerdo en que, si alguno le reconocía como Cristo, quedara excluido de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene; preguntádselo a él.» Le llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: «Da gloria a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Les respondió: «Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo.» Le dijeron entonces: «¿Qué hizo contigo? ¿Cómo te abrió los ojos?» El replicó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis escuchado. ¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿Es qué queréis también vosotros haceros discípulos suyos?» Ellos le llenaron de injurias y le dijeron: «Tú eres discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios; pero ése no sabemos de dónde es.» El hombre les respondió: «Eso es lo extraño: que vosotros no sepáis de dónde es y que me haya abierto a mí los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores; mas, si uno es religioso y cumple su voluntad, a ése le escucha. Jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos de un ciego de nacimiento. Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada.» Ellos le respondieron: «Has nacido todo entero en pecado ¿y nos da lecciones a nosotros?» Y le echaron fuera. Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?» El respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Le has visto; el que está hablando contigo, ése es.» El entonces dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él. Y dijo Jesús: «Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos.» Algunos fariseos que estaban con él oyeron esto y le dijeron: «Es que también nosotros somos ciegos?» Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero, como decís: ´Vemos´ vuestro pecado permanece.»


Reflexión


Además de la luz, del Cordero, del agua, encontramos en el evangelio de san Juan otras realidades fuertemente cargadas de un profundo simbolismo espiritual y teológico.

Y éstas son los binomios: vida-muerte y vista-ceguera, entre otros. Del primero nos habla el evangelio de la próxima semana, en el pasaje de la resurrección de Lázaro. Y del segundo, en este domingo.

Para Juan, el verbo “ver” –en griego, blépein, idéin, theoréin— está lleno de significado. Por supuesto que se refiere a la vista física, pero muchas veces la sobrepasa para situarse en un nivel espiritual. Y así, es bastante normal que salte con facilidad de la visión natural al plano sobrenatural. Más aún, el significado más genuino del verbo joánico “ver” es el de la fe. Ya desde el prólogo de su evangelio habla de la luz y las tinieblas, e insiste constantemente en la contraposición de la fe de los discípulos y la incredulidad de los ‘judíos’.

Además, el tema de la fe es un verdadero “leitmotiv” a lo largo de todo el cuarto evangelio y se repite casi hasta la saciedad. Jesús mismo llega a afirmar que el motivo más decisivo y fundamental de la Encarnación fue la salvación de la humanidad a través de la fe en Él: “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo para que todo el crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16). Y unas líneas más adelante dirá que “el que cree en Él no es juzgado; pero el que no crea, ya está juzgado, por no haber creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y el juicio consiste en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas” (Jn 3, 18-19).

Antes de poner punto final al evangelio, en el epílogo, confiesa san Juan que “todas estas cosas fueron escritas en este libro para que creáis que Jesús es el Mesías, Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31).

El pasaje de la curación del ciego de nacimiento se coloca, precisamente, en esta misma perspectiva. Y dentro del proceso de conversión a la que nos invita Dios nuestro Señor en este tiempo de gracia, que es la Cuaresma.

La narración del milagro es emocionante. Un ciego de nacimiento, que es capaz de llegar a ver por la acción curativa de Jesús. Y los fariseos, en cambio, que dicen que ven, pero que en realidad están bien ciegos. Ven, sí, con los ojos del cuerpo, pero son unos pobres ciegos en el mundo de la fe.

En todo el pasaje –sobre todo a través de los diálogos— impresiona la tenacidad y la firmeza de las actitudes en los diversos personajes. El ciego, por un lado, insiste en su fe sencilla y en su testimonio de Cristo. Él no es un erudito ni un letrado –como los fariseos— pero se ampara, con un realismo aplastante, en la contundencia de los hechos: “yo no sé si Jesús es un pecador o no; lo que sé es que yo antes era ciego, y ahora veo” (Jn 9, 25). ¡Qué lógica tan simple y tan tumbativa!

Los fariseos, en cambio, sabios y orgullosos, tercos y fríos calculadores, perseveran inconmovibles en su tosudez e incredulidad, a pesar de todas las evidencias del milagro y de los repetidos testimonios del ciego. ¡La de los fariseos sí que es ceguera! Y lo más triste y trágico del asunto es que están ciegos porque ellos quieren estarlo, por su propia voluntad, por su dureza de corazón, por su empedernimiento interior y su incredulidad. Así han decidido ellos desde el inicio y no quieren aceptar su “derrota”. Sería para ellos una vergüenza y una grandísima humillación. Por eso no creen en Jesús, ni siquiera ante la elocuencia muda y palmaria de los hechos.

Más aún, buscan razones para negar el milagro y estúpidamente acusan a Jesús de ser un pecador y de que no viene de Dios porque no respeta el sábado. ¡Sí que son necios e insensatos los hombres cuando no aceptan a Dios y pretenden tapar el sol con un dedo de la mano!

El ciego, cuando ve que los constantes interrogatorios de los fariseos no proceden de buena fe, sino que nacen de su orgullo y de su impertinencia, con gran sencillez refuta sus argumentos y les echa en cara lo ridículo y necio de su postura: “Eso sí es de maravillar –les dice el ciego—: que vosotros no sepáis de dónde viene Jesús, habiéndome abierto a mí los ojos. Sabido es que Dios no oye a los pecadores; pero si uno es piadoso y hace su voluntad, a ése le escucha. Jamás se oyó decir que nadie haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si éste no fuera de Dios, no podría hacer nada” (Jn 9, 30-33).

Los fariseos, ni siquiera entonces cambian de postura, sino que se endurecen más y más. Y, no satisfechos con no aceptar a Jesús, expulsan de la sinagoga –o sea, excomulgan— al que antes había sido ciego por haber creído y haber dado testimonio del Señor.

Ése es, precisamente, el verdadero problema, su pecado mayor: la soberbia y la altanería. No son humildes y por eso no creen ni aceptan a Jesús. Es un pecado de empedernimiento y de ceguera voluntaria. A esto llamaría luego nuestro Señor “pecado contra el Espíritu Santo”, o sea, de resistencia consciente a la gracia de Dios. ¡Qué tremendo!

Ojalá que nunca nos pase a nosotros eso que les aconteció a los fariseos. Pidamos a nuestro Señor la gracia de ser profundamente humildes y sencillos de corazón, como este ciego de nacimiento, para creer en Él con una viva, para confesar y proclamar públicamente a Jesús, incluso a costa de burlas y de persecuciones que suframos en su nombre.

Pero esta fe, para que sea auténtica, debe ser operante y práctica; o sea, ha de envolver toda nuestra persona y nuestro ser entero. No se trata de algo meramente intelectual o de una aceptación racional de las verdades del dogma católico. Es, más bien, confianza absoluta en Dios nuestro Señor, en su poder y en su misericordia; abandono total al Plan de Dios, como un niño pequeño en brazos de su padre; y absoluta disponibilidad a su santísima Voluntad sobre nosotros, como María y como los santos. Que el Señor nos conceda esta gracia en esta Cuaresma.

Autor: P Sergio Córdova LC | Fuente: Catholic.net

sábado, 1 de marzo de 2008

El fariseo y el publicano

Lucas 18, 9-14. Cuaresma. Pidamos a Cristo que nos enseñe a orar con espíritu humilde y sencillo.

Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola por algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás: Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias." En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.


Reflexión:


La humildad, la sencillez, la docilidad al Espíritu Santo son esenciales para abrir el corazón de Cristo. A los hombres nos gusta que nos aprecien, que nos estimen, que nos tomen en cuenta, que nos amen. Buscamos llamar la atención de quien nos rodea, de quien queremos que nos ame. ¿No queremos de igual forma llamar la atención de Cristo? ¿No queremos que Cristo nos vea y nos manifieste su amor? Pues estas virtudes serán el motivo para que Dios pose su mirada en nosotros. Siempre lo hace pero si nos esforzamos en vivir estas virtudes lo hará de manera especial.

Por el contrario, la soberbia, el orgullo, la vanidad nacen del egoísmo y lo que parecería oración no es otra cosa más que alabanza a nosotros mismos. Come el fariseo que agradecía a Dios no ser como los demás hombres porque no cometía sus mismos errores y pecados que ellos.

Los dos hombres estaban en oración pero qué oraciones tan distintas. Una hecha con presunción personal y la otra con humildad, con el corazón triste por haber fallado a Dios.

¿Quiere decir entonces que para hacer buena oración forzosamente debemos golpearnos el pecho y debamos hacer exámenes personales de autocrítica, rayando casi con un pesimismo?

Seguramente Cristo no quiere esto. Él más bien nos pide que como niños nos acerquemos a su corazón reconociendo las cualidades que nos ha dado pero tan bien con la humildad necesaria para reconocer nuestras faltas. Recordemos lo que dice el Catecismo respecto a la oración, dice que la piedad de la oración no está en la cantidad de las palabras sino en el fervor de nuestra alma.

Pidamos a Cristo que nos enseñe a orar con espíritu humilde y sencillo como el publicano que el evangelio nos presenta el día de hoy.

Autor: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net

viernes, 29 de febrero de 2008

El primer precepto

Marcos 12, 28-34. Cuaresma. En esta cuaresma, sigamos el camino de Cristo a su Pascua, de entrega, de amor total.

Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.


Reflexión:


Gracias a la pregunta del letrado sabemos a cuál de las numerosas normas que tenían los judíos –tenían más de seiscientas- le daba más importancia Jesús. La respuesta no se hace esperar y responde claramente: “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y a tu prójimo como a ti mismo”.

No sin razón el Papa Benedicto XVI recalca en sus mensajes para cuaresma la necesidad urgente de defender el derecho a la vida de los no nacidos, de los ancianos, de los enfermos y de todo hombre sobre esta tierra. Porque también ellos son nuestro prójimo y como tal debemos respetarlos y amarlos.

Por ello, vale la pena recordar que, antes de ir a comulgar se nos invita a dar la paz a los que tenemos al lado, como representantes de todos los que encontraremos a lo largo del día. Tomemos conciencia por tanto de que recibimos a Cristo, modelo de cómo hay que amar y darnos a nuestros hermanos. Modelo de cómo debemos entregarnos a los demás y ser pan partido para ellos.

La cuaresma consiste en seguir el camino de Cristo a su Pascua. Y ese camino es de entrega, de amor total.

Autor: P Clemente González | Fuente: Catholic.net

jueves, 28 de febrero de 2008

El poder sobre los demonios

Lucas 11, 14-23. Cuaresma. De nosotros depende abrir el corazón a la luz verdadera para que ilumine nuestro interior.

Lucas 11, 14-23

En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: Por Belcebú, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios. Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino? Porque decís que yo expulso los demonios por Belcebú. Si yo expulso los demonios por Belcebú, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.


Reflexión


A Jesús algunos tampoco le escuchan ni le hacen caso. Para no tener que prestar atención a lo que dice porque es incómodo buscan excusas. Hoy el evangelio nos presenta una que es realmente poco razonable: quien expulsa demonios está en conveniencia con el mismo Satanás.

La respuesta de Jesús está llena de sentido común: un reino divido no podrá subsistir. Lo que pasa es que sus adversarios no quieren reconocer lo evidente, que ya llega el Reino prometido. Sin embargo, si aceptan esto tendrían que aceptar a Jesús como el Mesías de Dios y por lo tanto hacer caso del testimonio que está dando.

Es triste, pero observamos que aquellos que se quejan de Jesús son precisamente algunos del pueblo elegido, los que oficialmente se consideran los mejores. No obstante, vemos que no hay sinceridad. No quieren ver la luz. Jesús les acusaría en otras ocasiones de pecar contra el Espíritu Santo, es decir, de pecar contra la luz que es evidente: no quieren verla.

En nuestra vida, ¿vemos y aceptamos esta luz como venida de Dios? Esta luz se nos revela de manera especial en la cuaresma. O, por el contrario, ¿Cristo también se quejará de nosotros por no aceptarla? De nosotros depende abrir nuestro corazón a la luz verdadera para que ilumine plenamente nuestro interior.

Autor: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net

miércoles, 27 de febrero de 2008

Jesús ante la Ley Antigua

Mateo 5, 17-19, Cuaresma. Tenemos que ser antorchas encendidas en cada momento.

Mateo 5, 17-19

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley. Por tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los cumpla y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.


Reflexión


En este pasaje Cristo nos dice que no basta cumplir la ley de Dios exteriormente. Se necesita interiorizar en el corazón, amar y hacer propios sus preceptos con nuestro estilo de vida. Cuando penetremos cada vez más profundamente sus mandatos, pensaremos, hablaremos, gozaremos y reiremos sanamente porque ya nuestra vida va por el camino que Dios nos pide.

Nos pide preparación, formación y conocimiento de su doctrina para poder predicar, ¡y predicar bien! Al unir la preparación, la formación y el conocimiento sencillo, pero profundizado en nuestra fe y aplicado a nuestra vivencia cotidiana, predicaremos con el testimonio de vida. Dice un dicho muy cierto. “No se enseña ni lo que se sabe, ni lo que se habla sino lo que se vive.” Por eso si queremos predicar tenemos un gran peso en nuestras espaldas. Ser nosotros los primeros que vivimos lo que enseñamos. La doctrina y el conocimiento del catecismo de nuestra fe, el camino sencillo y básico para conocer nuestra fe. Si no conocemos esta doctrina..., no conocemos camino el que nos lleva...

Todos nosotros, familias, jóvenes y niños de todas las edades tenemos que ser antorchas encendidas en cada momento, que brille nuestro testimonio en nuestra vida cotidiana, en nuestra familia, en nuestro grupo de amigos. No escondamos esta luz que desea arder e iluminar a todos.

Autor: Roberto Méndez | Fuente: Catholic.net

lunes, 25 de febrero de 2008

Jesús en Nazaret

Lucas 4, 24-30. Cuaresma. Ya se vislumbra el final del camino: la muerte en la cruz.

Lucas 4, 24-30

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». «Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio». Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.


Reflexión

En este evangelio Jesús achaca a los fariseos que no han sabido captar los signos de los tiempos. La viuda, y en general, los favorecidos por los milagros de Elías y de Eliseo, sí supieron reconocer la actuación de Dios. Una vez más, en labios de Jesús, la salvación se anuncia como universal, y son precisamente unos no-judíos los que saben reaccionar bien y convertirse a Dios, mientras que el pueblo elegido le hace oídos sordos.

No les gustó nada a sus oyentes lo que les dijo Jesús. Tanto así que le empujaron fuera de la ciudad con la intención de despeñarlo por el barranco. La primera homilía en su pueblo, que había empezado con admiración y aplausos, acaba casi en tragedia. Ya se vislumbra el final del camino: la muerte en la cruz.

De manera que hoy también se nos recuerda que va siendo urgente que hagamos caso de las insistentes llamadas de Dios a la conversión, que conlleva el cambio de nuestra vida de pecado al cambio de la vida de la gracia. ¿Podríamos decir que se está notando este cambio en nosotros? ¿O también Jesús podría quejarse de nosotros acusándonos de no responder con generosidad a la llamada a la conversión?

Autor: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net

domingo, 24 de febrero de 2008

Encuentro con la samaritana

Juan 4, 5-42. Cuaresma. Cristo está sediento y en esta Cuaresma se acerca al pozo de nuestra vida para que le “demos de beber”.

Juan 4, 5-42

En aquel tiempo llegó Jesús a una de ciudad de Samaria llamada Sicar, cerca de la heredad que y Jacob dio a su hijo José. Allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, como se había fatigado del camino, estaba sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Llega una mujer de Samaria a sacar agua. Jesús le dice: Dame de beber. Pues sus discípulos se habían ido a la ciudad a comprar comida. Le dice a la mujer samaritana: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy una mujer samaritana? (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le respondió: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: "Dame de beber", tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva. Le dice la mujer: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes esa agua viva? ¿Es que tú eres más que nuestro padre Jacob, que nos dio el pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le respondió: Todo el que beba de esta agua, volverá a tener sed; pero el que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para viva eterna. Le dice la mujer: Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla. Le dice la mujer: Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en este monte y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar. Jesús le dice: Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y los que adoran, deben adorar en espíritu y verdad. Le dice la mujer: Sé que va a venir el Mesías, el llamado Cristo. Cuando venga, nos lo explicará todo. Jesús le dice: Yo soy, el que te está hablando. Y fueron muchos más los que creyeron. Así que por sus palabras, y decían a la mujer: Ya no creemos por tus palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es verdaderamente el Salvador del mundo.


Reflexión


Cristo se presenta ante la samaritana como una persona fatigada, sedienta de tanto caminar, como quien tiene urgencia de saciar una necesidad propia del organismo. Se presenta como hombre.

Podría haberse aparecido de otra forma por ejemplo diciéndole inmediatamente que era el Hijo de Dios o haciendo manar gran cantidad de agua del pozo, para que supiese enseguida quién era. No obstante, la pedagogía de Cristo es una pedagogía de amor, de espera, de comprensión, de respeto a la propia libertad.

Cristo está sediento y en esta cuaresma se acerca al pozo de nuestra vida para que le “demos de beber”. O, mejor dicho, para caer en la cuenta de que los sedientos somos nosotros. “Si conocieras el don de Dios y quien es el que te pide de beber...” Somos nosotros los que tenemos necesidad de beber su agua sólo nos hace falta conocer quién posee esta agua. (Catecismo dela Iglesia Católica No. 2560)

Podemos preguntarnos ¿por qué no conocemos ese don de Dios? ¿Qué es lo que ata nuestro conocimiento para conocerlo? El mensaje de Cristo se nos presenta claro, como una luz alejada de toda sombra u oscuridad. Sin embargo, nos encontramos ante sombras que esconden el “don de Dios”. Ese don no es otro que el del amor, de la conversión, de la paciencia, respeto a la vida etc. Abramos nuestro entendimiento para que como la samaritana conozcamos el don de Dios y así nuestra vida sacie la sed de conocer a Dios.

Autor: P. Clemente González | Fuente: Catholic.net

sábado, 23 de febrero de 2008

Parábola del hijo pródigo

Lucas 15, 1-3.11-32. Cuaresma. Dios no se cansa de esperarnos, por mucho que nos alejemos de Él.

Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos. Entonces les dijo esta parábola. Dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre. Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo."
Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado." Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano."El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; y ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."


Reflexión


Sabiendo que somos hijos de Dios pensamos que lo merecemos todo. A veces no somos ni capaces de agradecer a nuestro Creador por el gran don de la vida. Y, mucho menos, nos esforzamos por corresponder a su amor infinito.

¿Cuánto hemos recibido de Dios? ¡Todo! Sin embargo lo vemos como una obligación de parte de Él. Podríamos llegar a quejarnos cuando no recibimos lo que queremos y tal vez hasta hemos llegado al punto de exigirle.

Dios, en su infinita bondad, no cesa de colmarnos de sus gracias y hasta cumple con nuestros caprichos. No importa si le agradecemos o no.

Lo más hermoso es ver que Dios no se cansa y por mucho que nos alejemos de Él, cuando deseamos volver, ahí está con los brazos abiertos esperándonos con un corazón lleno de amor.

Dios es el Pastor que se alegra al encontrar la oveja perdida. Él es el Padre misericordioso que espera a su hijo perdido con grandes ansias, le perdona cualquier falta cuando ve un verdadero arrepentimiento y lo llena de su amor. Digamos a Cristo: “Señor Tú lo sabes todo tu sabes que te quiero”

Autor: Javier González | Fuente: Catholic.net

viernes, 22 de febrero de 2008

La Confesión de Pedro

Mateo 16, 13-19. Cátedra de San Pedro. Sólo el bueno e intrépido de Pedro respondé: Tú eres Cristo.

Mateo 16, 13-19.

En aquel tiempo, Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo e hizo esta pregunta a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre? Ellos dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas. Díceles él: Y vosotros ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro contestó: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Replicando Jesús le dijo: Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.


Reflexión


¿Quién dicen los hombres que soy? Es una pregunta que aún hoy nos hace Cristo a cada uno de los que profesamos el nombre de cristianos. Esa vez fue dirigida a los apóstoles y causó el mismo impacto que si nos la dijera hoy Jesús a nosotros. Ellos, que habían escuchado sus palabras, habían dejado todo por seguirlo, nunca se habían cuestionado sobre quién era “realmente” aquel Hombre que podía dominar la naturaleza y que curaba a los enfermos y perdonaba los pecados. Ante la primera pregunta muchos respondieron de inmediato: que Juan el Bautista, que alguno de los profetas… Y vosotros, ¿quién decís que soy? Sólo ahora se quedaron estupefactos. No se lo habían planteado jamás. ¿Cómo era posible que no supieran quién era?

Ocurre que muchos católicos tras años de bautizados, y después de haber visto la acción de la gracia tan patente por los sacerdotes, tampoco saben “realmente” quién es Él. Porque es una pregunta que se responde de corazón a corazón, no de un frío libro a una también fría mente. Cristo pregunta y lo hace porque desea que lo conozcamos de veras. Sólo el bueno e intrépido de Pedro responderá justamente: Tú eres el Cristo. Porque se ha dejado llevar de la inspiración del Espíritu, él que será la Piedra de la Iglesia. ¿Sabemos quién es Cristo? Respondámosle sin miedo en la intimidad de la oración de corazón a Corazón.

Autor: Edgar Pérez | Fuente: Catholic.net

jueves, 21 de febrero de 2008

El rico Epulón y el pobre Lázaro

Lucas 16, 19-31. Cuaresma. Ser sencillos y humildes para que Jesús no encuentre obstáculos para llegar a lo más hondo de nuestro corazón.

Lucas 16, 19-31

En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: "Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama."Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros." Replicó: "Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento. "Le dijo Abraham: "Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan." Él dijo: "No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán." Le contestó: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite."


Reflexión


Esta parábola Jesucristo la enseña ante los fariseos. Ellos enseñan la ley con dureza. Exigen el tributo y en cambio engañan a los creyentes y no cumplen lo que predican. Pero el momento de la verdad, tarde o temprano llega. Así le sucedió al pobre Lázaro y al rico epulón. El momento en el que se hace justicia y ésta permanece para siempre.

Impresiona ver cómo el rico epulón le pide a Abraham que Lázaro vaya a prevenir a los de su casa para que no les suceda lo mismo. Qué grande debería ser el sufrimiento de este hombre que le hace pensar en los demás por primera vez, y quiere evitar que le ocurra lo mismo a los de su casa. Pero Cristo a través de la respuesta de Abraham nos hace ver que el corazón del hombre en ocasiones se niega a ver la luz y que ni con enviados extraordinarios cambian. El Señor vino, hizo milagros, resucitó muertos y los suyos le abandonaron en el momento más difícil, incluso alguno hasta le negó tres veces.

Sólo los que te abren el corazón Jesús, los que buscan sinceramente la verdad, los que están dispuestos a escucharte, los que se dejan seducir por Ti encuentran el Camino, la Verdad y la Vida.

Pobre Lázaro intercede por nosotros para que seamos sencillos y humildes de manera que Jesucristo no encuentre ningún obstáculo para llegar a lo más hondo de nuestro corazón.

Autor: Damián Sánchez | Fuente: Catholic.net

miércoles, 20 de febrero de 2008

Tercer anuncio de la pasión

Mateo 20, 17-28. Cuaresma.

El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida.

En aquel tiempo, cuando iba subiendo Jesús a Jerusalén, tomó aparte a los Doce, y les dijo por el camino: Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle, y al tercer día resucitará. Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. El le dijo: ¿Qué deseas? Ella contestó: Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino. Replicó Jesús: No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber? Le contestaron: Sí, podemos. Él les dijo: Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre. Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.


Reflexión


Estamos ante la escena cuando la mamá de los hijos del trueno, como les llamaban, se acerca a Jesús para pedir la cercanía, la intimidad en el Reino con sus dos hijos.
Bien podríamos decir que los dones más preciados que tiene una madre, son sus hijos. Es una escena muy actual y, muestra a Jesús atento a lo que la madre de sus discípulos le pide. Muy actual porque es la actitud de toda madre que busca lo mejor para sus hijos. Pedir la cercanía con Cristo es lo más puro que una madre puede pedir.

Claro que esta cercanía con Cristo implica compartir su cáliz, entrar en la intimidad con Cristo es sufrir con Él y gozar con Él. Como se hace con el amigo querido, de quien un poeta dijo “la mitad de mi alma”. La intimidad con Cristo es compartir todo con Cristo, no sólo su entrada triunfal en Jerusalén, sino también su ascensión dolorosa al Calvario.

Otro punto de este Evangelio es la amonestación de sus discípulos cuando ven en esa actitud a alguien que está buscando crecer en poder, en honores. Qué contrario es, sin embargo, esa visión. El evangelio sin glosa dice que el que quiera ser el primero que sea el servidor de todos. Ser servidor como Cristo es vivir la caridad ardiente de Jesucristo que vino a entregarse por todos.

Autor: Luis Felipe Nájar | Fuente: Catholic.net

martes, 19 de febrero de 2008

Escribas y fariseos al descubierto

Mateo 23, 1-12. Cuaresma. Cristo vivió lo que predicó y fue insobornable ante el miedo, valiente en su predicación porque hablaba con verdad.

En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas. Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame "Rabbí". Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar "Rabbí", porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie "Padre" vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar "Directores", porque uno solo es vuestro Director: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado. 


Reflexión:


“El más grande entre vosotros será vuestro servidor”. Estas palabras de Cristo nos pueden recordar aquellas otras en las dicen: “el hijo del hombre no vino para ser servido sino para servir”. ¡Qué dura es la condena contra los fariseos que se creen justos, pero que el Señor los pone al descubierto, porque Él conoce el corazón del hombre! Es una primera lección. La humildad que Cristo predicó y que vivió.

Cuando le vemos en la oscura y fría cueva de Belén. Él, que tiene el dominio de todo. O en la pobre casa de Belén, el que enriquece el mundo de belleza. Cuando muere en la cruz, vejado y abandonado por los hombres. Sí, Cristo nos vino a enseñar el camino al Padre, el camino de la sencillez, de la humildad. Qué lejos de Dios están los soberbios porque en su corazón sólo habitan ellos y Dios no puede entrar.

Cristo, por otra parte, no reprocha la doctrina de los fariseos sino que reprocha su incoherencia, entre lo que predican y lo que viven. Cristo vivió lo que predicó y derramó su bendita sangre por nuestros pecados. Fue insobornable ante el miedo, valiente en su predicación porque hablaba con verdad. Por eso mismo sus perseguidores exclamaron: “todo lo ha hecho bien”.

Autor: Luis Felipe Nájar | Fuente: Catholic.net

lunes, 18 de febrero de 2008

No juzguen y no serán juzgados

Lucas 6, 36-38. Cuaresma. El juicio corresponde sólo a Dios, quien ve el corazón de cada hombre.

Lucas 6, 36-38

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante. Porque con la medida con que midáis se os medirá.


Reflexión

Estas palabras de Cristo son muy actuales en nuestro mundo de hoy: el no juzgar a otros. Me recuerda aquel cuento cuando una señora había desatado una dura crítica a uno de sus vecinos. La lección del párroco cuando se fue a confesar fue muy viva. Cogiendo una hoja de papel la partió enfrente de ella en pequeñas partes y tiro las pequeñas partes al aire. El vendaval lo esparció todo. Era imposible recoger cada parte y rehacerla de nuevo. Pues así sucede cuando uno crítica o juzga temerariamente. Es muy difícil rehacer la fama de la persona íntegramente.

Así rezamos los cristianos en el Padre nuestro: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

El hombre tiene una naturaleza débil que le empuja al mal, y debemos pensar si vemos a algún hermano caer que es la debilidad del hombre; no juzguemos porque no conocemos el interior del hombre. El juicio corresponde sólo a Dios, justo Juez, quien ve el corazón de cada hombre y no juzga por las apariencias. Sería mejor seguir la regla de creer el bien que nos dicen y perdonar el mal que se ve. La lengua es una arma mortífera, que hiere y llega hasta matar el buen nombre de mi prójimo. Por eso perdonar siempre, hasta setenta veces siete, esta es la ley del amor.

Autor: Luis Felipe Nájar | Fuente: Catholic.net

domingo, 17 de febrero de 2008

Una experiencia "a lo divino"

Mateo 17, 1-9. 2o. Domingo de Cuaresma. El día de la transfiguración dejó una huella profundísima en el alma de los apóstoles y en la nuestra.

Mateo 17, 1-9

En aquel tiempo toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».


Reflexión


Éste es uno de los pasajes del Evangelio que más me impresionan. Los evangelistas suelen ser bastante sobrios y discretos en sus narraciones. Nos dicen muy poco y se abstienen cuidadosamente de comentarios y ponderaciones personales como para no desvirtuar la desnuda objetividad de los hechos. Así, es cierto, nos resulta más difícil tratar de ponderar los acontecimientos que se nos transmitieron.

Pero también adquieren más garantías de veracidad e historicidad.

En el pasaje de la transfiguración del Señor –como en la mayoría de las narraciones evangélicas— hemos de echar mano de nuestra intuición y sensibilidad, de nuestra penetración psicológica y espiritual, de nuestra capacidad de contemplación; pero, sobre todo, de nuestra fe y de nuestro amor, si queremos comprender y gustar algo del misterio de Jesús. Es, en efecto, “la fe la única que puede franquear el misterio de aquel rostro”, como dice el Papa Juan Pablo II en su exhortación ‘Novo millennio ineunte’ (n. 19). Hagamos, pues, un esfuerzo de contemplación y coloquémonos al lado de Jesús y de los apóstoles en esta escena.

“Jesús se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz...”. Es sumamente difícil tratar de describir lo que vieron y experimentaron aquel día Pedro, Santiago y Juan al lado de nuestro Señor en la montaña santa. ¿Cómo expresar aquella belleza, aquella grandeza y hermosura divina de nuestro Salvador? No, no es poesía ni romanticismo fácil. Si no conocemos mínimamente a Dios, entiendo que estas palabras puedan sonarnos “cursis”.

Pero si ya hemos hecho alguna vez una experiencia de nuestro Señor en nuestra vida, entonces se quedan infinitamente cortas...

Muchos años más tarde, cuando Pedro era ya viejo y escribía su segunda carta a aquella comunidad de primeros cristianos, decía: “Porque no fue siguiendo artificiosas fábulas como os dimos a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino como quienes han sido testigos oculares de su grandeza y de su majestad. Él recibió de Dios Padre el honor y la gloria cuando de la magnífica gloria se hizo oír aquella voz que decía: ‘Éste es mi Hijo muy amado, en quien tengo puestas todas mis complacencias’. Y esta voz bajada del cielo la oímos nosotros, los que con Él estábamos en el monte santo” (II Pe 1, 14-18).

Está claro que Pedro se refiere a la experiencia personal que nuestro Señor les permitió aquel día de la transfiguración y que dejó una huella profundísima en su alma.

Estas palabras, sumamente autorizadas porque son fruto de un testimonio presencial, pueden abrirnos un poco a la realidad del misterio. Sólo algo que queda indeleblemente grabado en la conciencia y en el corazón de una persona puede luego recordarse de una manera tan vívida y tan intensa después de muchísimos años...

“¡Señor, qué hermoso es estar aquí! Si quieres, haré aquí tres chozas: una para ti, otra Moisés y otra para Elías”. Ésas fueron las únicas palabras que Pedro acertó a pronunciar aquel día. No pudo articular ninguna más. Sólo admiración, gozo intenso e indescriptible, éxtasis...

Y otro tanto hace san Juan en su primera epístola: “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos tocando al Verbo de vida –porque la vida se ha manifestado, y nosotros hemos visto y testificamos y os anunciamos la vida eterna, la que estaba en el Padre y se nos manifestó—, lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos para que vuestro gozo sea colmado” (I Jn 1, 1-4).

¿Quién de nosotros es capaz de explicar lo que Juan quiso decirnos y expresarnos en esta carta? Es algo sumamente íntimo y difícil de comentar. Quien escucha estas palabras, se siente invitado a tratar de entrar personalmente en el misterio de Jesús para hacer una experiencia semejante. Sólo en el contacto íntimo y directo con nuestro Señor, en la oración y en los sacramentos, es donde aprendemos a conocerlo. ¡Él está vivo y hay que tratarlo y amarlo como a una Persona realmente viva!

“Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz”. ¿Hay belleza humana semejante? El problema, para comprender todo esto, es que no tenemos una experiencia humana análoga con la que podamos establecer alguna relación. Esto es lo que suele ocurrirnos en las cosas del espíritu y, porque no tenemos experiencias sensibles ni puntos concretos de comparación, por eso nos es tan difícil tratar de expresarlo. Los místicos hablan de lo “inefable”, o sea, lo que no es capaz de poderse explicar.

San Juan de la Cruz, en su bello “Cántico espiritual”, describe con tonos líricamente maravillosos algo de esta experiencia. Habla de la belleza del Amado –del Señor— y lo hace simulando un diálogo con las criaturas y la respuesta que éstas dan a su pregunta:

Pregunta a las criaturas:
“— ¡Oh bosques y espesuras,
plantadas por la mano del Amado!
¡Oh prados de verduras
de flores esmaltados,
decid si por vosotros ha pasado!

Respuesta de las criaturas:
– Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

Expresión de la Esposa, o sea, del alma:
Y todos cuantos vagan
de ti me van mil gracias refiriendo,
y todas más me llagan,
y déjame muriendo
un no sé qué que quedan balbuciendo”.

Tal vez nos puede ayudar a atisbar este misterio de la transfiguración el comentario que hace el Papa Juan Pablo II en la exhortación apostólica ‘Vita consecrata’. Él aplica estas palabras a las personas totalmente consagradas a Dios, pero creo que, de alguna manera, también pueden aplicarse a todos los cristianos: “¡Señor, qué hermoso es estar aquí! Estas palabras muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida cristiana. Sin embargo, expresan con particular elocuencia el carácter absoluto que constituye el dinamismo profundo de la vocación a la vida consagrada: ¡qué hermoso es estar contigo, dedicarnos a ti, concentrar de modo exclusivo nuestra existencia en ti! En efecto, quien ha recibido la gracia de esta especial comunión de amor con Cristo, se siente como seducido por su fulgor: Él es ‘el más hermoso de los hijos de los hombres’ (Sal 45, 3), el Incomparable” (Vita consecrata, n. 15).

En fin, ojalá que esta sencilla y pobre reflexión pueda ayudar a quien la lea a buscar con más ardor a nuestro Señor Jesucristo y a pedirle a Él la gracia de conocerlo y de amarlo con toda el alma para poder seguirlo más de cerca, a partir de esta Cuaresma.

Autor: P. Sergio Córdova | Fuente: Catholic.net

sábado, 16 de febrero de 2008

El amor a los enemigos

Mateo 5, 43-48. Cuaresma. Dios es verdadero amor porque me ama siempre y porque ama a quien me ha hecho mal.

Mateo 5, 43-48

Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial.



Reflexión



Odia a tu enemigo. Este "precepto" perdió todo su sentido con la venida y el mensaje de Cristo. Él nos dijo: amad a vuestros enemigos, porque el verdadero amor no pide nada a cambio, el verdadero amor se da aunque sea pisoteado. El sol, la lluvia y el viento que tocan a nuestra puerta son los mismos que tocan la puerta de mi enemigo. Dios es verdadero amor porque me ama siempre y porque ama a quien me ha hecho mal. Ese es el verdadero amor, el que no tiene límites.

Los hombres somos criaturas finitas, pequeñas cosas comparadas con el universo o con el creador, pero en algo podemos asemejarnos a Dios: en que tenemos la capacidad de amar infinitamente.

Es una nueva vía la que nos presenta Cristo: sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. ¿Qué es lo más perfecto que podríamos hacer si no es amar? En esto nos podemos parecer a Dios: en que sabemos amar, sin distinciones ni preferencias.

Dos llaves abren el corazón de Dios: el amor y el perdón. Dos llaves abren el corazón del hombre: el amor y el perdón. Lleva las llaves al cuello y abre las puertas que parecen cerradas, así abrirás las puertas del corazón de Dios.

Autor: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net

viernes, 15 de febrero de 2008

Perdón de las ofensas

Mateo 5, 20-26. Cuaresma. ¡Cuánta paz alcanza un hombre que no está enemistado con otro!

Mateo 5, 20-26

Porque os digo que, si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos. «Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano "imbécil", será reo ante el Sanedrín; y el que le llame "renegado", será reo de la gehenna de fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.


Reflexión


El mensaje de este evangelio es un mensaje de paz y de amor. ¡Cuánta paz alcanza un hombre que no está enemistado con otro! Paz que no es ausencia de guerra sino que es presencia de Dios,presencia de Amor.

La luz de un nuevo día, las flores que despiertan, el murmullo del viento que roza nuestra ventana, nos enseña cuán grande y bello es el creador de todo. Y lo hizo para mí. Y lo hizo para mi hermano. Y lo hizo, también, para aquel con el que estoy enemistado. Y lo habría hecho igual aunque sólo fuera yo el único habitante de este mundo, aunque fuera el otro el único habitante de este mundo. Si Dios, que es Padre, nos da esto, cuanto más nosotros debemos dar lo mejor de nosotros mismos a los demás, aun siendo el otro.

Jesús da un nuevo sentido a la ley rabínica, un nuevo sentido a nuestro modo de pensar; no matarás decía la antigua ley, Cristo dice: no te enfades con tu hermano, perdona. A veces es difícil perdonar, pero tenemos el ejemplo de Cristo que nos perdona todo, si se lo pedimos; que perdona a cualquier pecador si, en su corazón, se arrepiente.

Hoy podemos aprender una nueva cosa: amar. Amar nunca se aprende totalmente. "El amor que no se practica se seca", dicen. Hoy es el día oportuno para volver a regar esa planta del amor. Esa planta que es la rosa más preciosa del Jardín de Dios.

Autor: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net

jueves, 14 de febrero de 2008

Eficacia de la oración

Mateo 7, 7-12. Cuaresma. Dios Padre es tan bueno que no nos concede todo lo que pedimos, sino aquello que conviene a nuestra vida.

Mateo 7, 7-12

En aquel tiempo dijo Jesús: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe; el que busca, halla; y al llama, se le abrirá. ¿O hay acaso alguno entre vosotros que al hijo que le pide pan le dé una piedra; o si le pide un pez, le dé una culebra? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan! «Por tanto, todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas.


Reflexión


El sermón de la montaña es uno de los pasajes de los cuatro evangelios en que encontramos más claridad y precisión en las palabras de Cristo. Jesús nos transmite dos cosas en este texto: la eficacia total de la oración y la ley de la caridad.

Con frecuencia se puede caer en la tentación de desanimarse en la vida de oración porque no vemos los frutos o no se nos concede aquello que pedimos. Jesús, sin embargo, nos dice todo lo contrario. Todo lo que pidamos a Dios se nos concederá, porque Él es un padre bueno que da a sus hijos aquello que le piden. ¿Qué pensaríamos de un padre que da a su hijo una serpiente, como dice el evangelio, porque éste le ha pedido un pan? Dios Padre es tan bueno que no nos concede todo lo que pedimos, sino aquello que conviene a nuestra vida, aunque no nos demos cuenta.

Finalmente Jesús concluye con la ley que sigue Dios: el amor. Dios nos concede todo por este único motivo. Nosotros, que hemos sido creados a su imagen y semejanza, tenemos que vivir este mismo amor con todos de una manera universal, como lo hace Él. Hagamos un esfuerzo especial estos días de cuaresma para amar más a todos los hombres a ejemplo e imitación de Jesucristo.

Autor: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net

miércoles, 13 de febrero de 2008

La muchedumbe pide una señal

Lucas 11, 29-32. Cuaresma. La mejor señal que Cristo nos ha dejado es la Eucaristía.

Lucas 11, 29-32

En aquel tiempo, la gente se apiñaba alrededor de Jesús y Él se puso a decirles: Esta generación es una generación malvada; pide una señal, y no se le dará otra señal que la señal de Jonás. Porque, así como Jonás fue señal para los ninivitas, así lo será el Hijo del hombre para esta generación. La reina del Mediodía se levantará en el Juicio con los hombres de esta generación y los condenará: porque ella vino de los confines de la tierra a oír la sabiduría de Salomón, y aquí hay algo más que Salomón. Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán; porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más que Jonás.


Reflexión:


Ya lo repetiría Cristo con otras palabras, pero en sentido positivo: “Dichosos los que creen sin haber visto.” Lo que este Evangelio pretende no es reprocharnos, sino recordarnos que ya tenemos la señal que esperamos y necesitamos. No hace falta buscar ni pedir más señales. Hay una que basta. “Más que Jonás... más que Salomón”. Hoy se nos hace la invitación a descubrir esta señal. Es la misma de hace 20 siglos: la que muchos no quisieron ver, pero también la que bastó para que muchos creyeran.

Cuando un avión va a aterrizar, el piloto observa muchas luces que le guían, pero todas pretenden indicarle dónde está la pista. Así, todos los signos que hoy tenemos nos señalan a Cristo. ¡Aprendamos a “leerlos” adecuadamente! Nos habla de Cristo la Eucaristía, pues es Cristo mismo. Nos hablan de Cristo los buenos ejemplos que observamos en los demás... ¡Todo nos lleva a Cristo si nosotros lo buscamos! Este es el camino de la fe: avanzar por la vida sin milagros, sin certezas humanas absolutas. Vivir la fe en lo más ordinario.

¡Qué adjetivo pondrá Cristo a nuestra generación si nos distinguimos no por pedir señales extraordinarias, sino por ser nosotros mismos signos de Dios, que ayuden a los demás a llegar a Él!

Autor: Juan Gralla | Fuente: Catholic.net

martes, 12 de febrero de 2008

Jesús enseña a orar

Mateo 6, 7-15. Cuaresma. A Dios le basta una palabra: "Padre" Sí, repetirlas con los labios de nuestro corazón.

Mateo 6, 7-15

Y al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. No seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo. Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal. Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas.


Reflexión


A un buen Padre no le hacen falta muchas explicaciones cuando un hijo pequeño se le acerca a pedirle algo. Un padre que se precie o una madre atenta saben, de antemano, lo que el hijo necesita, incluso cuando no sabe todavía pedirlo. La razón por la que los judíos y buena parte de los rabinos se perdían en largas oraciones y plegarias, está en que su Dios se había convertido para ellos en un Ser lejano, inalcanzable... razonaban humanamente pensando en que las oraciones crecían en valor a medida de su “longitud”... Del mismo modo habían ido añadiendo nuevas normas a las prácticas de la Ley mosaica.

Con ello exasperaban al mismo Dios. Con sus sacrificios, tan largos como vacíos de sentido, no se daban cuenta, y en esto nos podemos también incluir nosotros, que a Dios le bastan pocas palabras cuando éstas nacen verdaderamente del interior. Y que para acercársele la clave no está en añadir más sílabas o más “velas”... como si esto desencadenara un efecto “mágico” por sí solo.

Sin dejar de tener su valor, no es lo más importante. Bastaría quizás con iniciar esa oración que Cristo nos enseña conscientes de sus primeras dos palabras... “Padre nuestro”. Sí, repetirlas con los labios de nuestro corazón lentamente para gustar el inefable don de ser hijos. No nos resulta fácil, en un mundo tan complicado y “alambicado”, regresar a esa infancia espiritual. Esa niñez del alma que vive permeada por la sencillez ¡Cuánto bien nos haría volver a ser así! Se es más feliz cuando se vive más confiado en Dios (Padre), como hace un niño pequeño.

Recordemos las palabras del mismo Jesús: “Quien no se hace como uno de estos... no podrá entrar en el Reino de los Cielos...”

Autor: Buenaventura Acero | Fuente: Catholic.net

lunes, 11 de febrero de 2008

El juicio final

Mateo 25, 31-46. Cuaresma. La caridad es verdadero amor a Dios que vive realmente en mi prójimo.


Mateo 25, 31-46


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme." Entonces los justos le responderán: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?" Y el Rey les dirá: "En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis." Entonces dirá también a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; era forastero, y no me acogisteis; estaba desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis." Entonces dirán también éstos: "Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o forastero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?" Y Él entonces les responderá: "En verdad os digo que cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo." E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.


Reflexión


Los enemigos de Cristo y de su Iglesia han logrado desfigurar la verdadera esencia y raíz del cristianismo. Algunos creen que el cristianismo consiste sólo en rezos y posturas piadosas. Esto, indudablemente, tiene su valor y es un medio válido para vivir la fe, pero no es lo único ni lo esencial.

Cristo, el día de hoy, nos viene a recordar cuál es la esencia de su mensaje: la caridad. La caridad no como mera filantropía, sino como verdadero amor a Dios que vive realmente en mi prójimo. Jesús nos lo dice clarísimo “a mí me lo hicisteis”, y además con ejemplos prácticos. Esta caridad brota naturalmente del amor a Dios. Si amo a Dios no puedo dejar de amar a mi hermano.

Además de los actos externos, la caridad se aplica a la palabra. Sí, este es uno de los campos más difíciles, pero también de los más hermosos. No basta conformarnos con no criticar a los demás, que ya sería bastante. Hace falta hablar bien de mi prójimo, promover lo bueno y silenciar lo malo, forjar el hábito de la benedicencia. No hace falta inventarse virtudes y cualidades donde no las hay, pero sí reconocer y hablar de las que tiene mi hermano.

Suena bonito, pero cuesta. Haz la prueba de hablar bien de tus hermanos tres veces al día, verás cómo no es tan fácil. Pero Dios lo quiere, y sobre todo, recuerda que Dios vive en tu prójimo.

Autor: Oscar Pérez | Fuente: Catholic.net