Juan 16, 20-23. Pascua. No hay esperanza más bella que la que aguarda con paciencia.
Juan 16, 20-23
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Reflexión
Esperanza y desolación. Alegría y tristeza. Gozo y dolor. ¿Quién, además de Jesucristo, ofrece esto a sus amigos? ¿Quién propone esta perplejidad para los que quieren seguirle? Sin embargo, es así. El camino de Cristo es un camino de derrota aparente y de triunfo definitivo.
Ante la lectura de estas líneas de san Juan, cabe resaltar la sinceridad del Señor. Jamás oculta la realidad del sufrimiento, y es Él quien, con su propio testimonio, indica por dónde han de marchar sus discípulos. En su vida, Cristo vive la contradicción que confunde a los que escuchan su palabra: se inmola en la cruz para regalar al mundo la paz. La mente humana es demasiado humana para comprender el valor de este sacrificio.
Sin embargo, los cristianos no son unos pobres infelices, derrotados, de vida condenada. Todo lo contrario. Después del sufrimiento les espera un gozo profundo, una alegría incontenible, una sonrisa envidiable. No hay esperanza más bella que la que aguarda con paciencia, aún en medio de las batallas, el cumplimiento de las promesas del amor de Dios. Por eso debe brillar el rostro de un cristiano. ¡Dios lo ha redimido por medio de la donación de sí mismo!
Ante este misterio, la aflicción se transforma en júbilo, la oscuridad de la cruz en el esplendor de la resurrección del Señor.
Autor: Luis Miguel Rincón | Fuente: Catholic.net
viernes, 2 de mayo de 2008
jueves, 1 de mayo de 2008
¿No es éste el hijo del carpintero?
Mateo 13, 54-58. San José obrero. Todo lo que hizo José, lo hizo "para el Señor", y lo hizo "de corazón".
Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.
Reflexión
¡Cuántas veces nos creemos gente “buena y religiosa” porque vamos a la iglesia, como los israelitas contemporáneos de Jeremías, o los paisanos de Jesús, pero sin creer verdaderamente en la Palabra que el Señor nos dirige!
Dios interpela siempre nuestra conciencia, invitándonos a la conversión y a un cambio radical de vida. Pero esas palabras nos resultan incómodas y molestas, y no queremos oírlas. Por eso perseguimos al “profeta” que nos habla de conversión y no hacemos caso a Cristo mismo, pues, al fin y al cabo, es sólo “el hijo del carpintero”.
Es la hostilidad contra la fe. Necesitamos una actitud de profunda fe y confianza en Jesucristo para querer escuchar su palabra y no escandalizarnos cuando nos sorprende y nos “saca de nuestras casillas” cambiándonos nuestros planes muy personales. Es demasiado cómoda una fe que no exige nada y que se adapta a las propias tendencias pasionales de egoísmo, de placer o de racionalismo.
Pero la verdadera fe nos pone en movimiento, nos empuja a un cambio de vida, a una confianza total en Jesucristo que nos lleva a un compromiso radical de lucha contra el pecado, de caridad, de sacrificio, de dar la cara por Cristo ante los demás, sin miedos ni respetos humanos .
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.
Reflexión
¡Cuántas veces nos creemos gente “buena y religiosa” porque vamos a la iglesia, como los israelitas contemporáneos de Jeremías, o los paisanos de Jesús, pero sin creer verdaderamente en la Palabra que el Señor nos dirige!
Dios interpela siempre nuestra conciencia, invitándonos a la conversión y a un cambio radical de vida. Pero esas palabras nos resultan incómodas y molestas, y no queremos oírlas. Por eso perseguimos al “profeta” que nos habla de conversión y no hacemos caso a Cristo mismo, pues, al fin y al cabo, es sólo “el hijo del carpintero”.
Es la hostilidad contra la fe. Necesitamos una actitud de profunda fe y confianza en Jesucristo para querer escuchar su palabra y no escandalizarnos cuando nos sorprende y nos “saca de nuestras casillas” cambiándonos nuestros planes muy personales. Es demasiado cómoda una fe que no exige nada y que se adapta a las propias tendencias pasionales de egoísmo, de placer o de racionalismo.
Pero la verdadera fe nos pone en movimiento, nos empuja a un cambio de vida, a una confianza total en Jesucristo que nos lleva a un compromiso radical de lucha contra el pecado, de caridad, de sacrificio, de dar la cara por Cristo ante los demás, sin miedos ni respetos humanos .
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
miércoles, 30 de abril de 2008
Cuando venga el Espíritu Santo
Juan 16, 12-15. Pascua. Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al corazón.
Juan 16, 12-15.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.
Reflexión
Mucho tengo todavía que deciros…
Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído, al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna, alimento para nuestras almas.
Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas y la historia del mundo haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Entonces seremos los golosos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la salvación.
Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación entera a la instauración total en Cristo.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
Juan 16, 12-15.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.
Reflexión
Mucho tengo todavía que deciros…
Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído, al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna, alimento para nuestras almas.
Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas y la historia del mundo haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Entonces seremos los golosos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la salvación.
Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación entera a la instauración total en Cristo.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
martes, 29 de abril de 2008
La promesa del Espíritu Santo
Juan 16, 5-11. Pascua. Dios nos manda a Espíritu Santo para acompañarnos siempre.
Juan 16, 5-11.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? Sino que, por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.
Reflexión
Señor: ¿Adónde vas?
En aquella última noche, la noche del amor, ninguno de los discípulos te preguntaba: ¿Dónde vas?
Era la noche de la despedida. Los corazones de los apóstoles, ardientes, palpitaban como llamas encendidas al calor de tu Palabra. De improviso, se llenaron de tristeza ante tu inminente partida. Y sin embargo, ninguno osaba decir: ¿Señor: ¿adónde vas?
En aquella ocasión, nadie, ni siquiera Pedro, Santiago o Juan, levantó su voz para preguntar. Entonces, casi dos mil años después, me atrevo a decir yo -pues sé que te alegrarás con que lo inquiera tan sólo-: Señor: ¿adónde vas?
Parecería que Cristo quisiera respondernos: "Me voy al Padre. Me voy a aquel que me ha enviado. A aquel a quien amo. Mi Padre amado, Señor del cielo y de la tierra, que ha revelado los secretos del Reino a la gente sencilla" (Cfr. Jn.16, 10). Jn.16,5.). A aquel a quien solamente yo conozco, y también le conocerá aquel a quien Yo se lo quiera revelar. Aquel de quien he venido y al cual ahora retorno. Él es mi Padre, en quien Yo también pongo todas mis complacencias”.
Cristo ama al Padre. Todo su alimento consiste en hacer la Voluntad del Padre y llevar a cabo su obra. ¡Qué gozo y exaltación en el Espíritu experimentaría Cristo al regresar al seno del Padre! Al abrazo de aquel Padre, rico en misericordia que ha puesto en el Hijo todas sus complacencias.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
Juan 16, 5-11.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? Sino que, por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.
Reflexión
Señor: ¿Adónde vas?
En aquella última noche, la noche del amor, ninguno de los discípulos te preguntaba: ¿Dónde vas?
Era la noche de la despedida. Los corazones de los apóstoles, ardientes, palpitaban como llamas encendidas al calor de tu Palabra. De improviso, se llenaron de tristeza ante tu inminente partida. Y sin embargo, ninguno osaba decir: ¿Señor: ¿adónde vas?
En aquella ocasión, nadie, ni siquiera Pedro, Santiago o Juan, levantó su voz para preguntar. Entonces, casi dos mil años después, me atrevo a decir yo -pues sé que te alegrarás con que lo inquiera tan sólo-: Señor: ¿adónde vas?
Parecería que Cristo quisiera respondernos: "Me voy al Padre. Me voy a aquel que me ha enviado. A aquel a quien amo. Mi Padre amado, Señor del cielo y de la tierra, que ha revelado los secretos del Reino a la gente sencilla" (Cfr. Jn.16, 10). Jn.16,5.). A aquel a quien solamente yo conozco, y también le conocerá aquel a quien Yo se lo quiera revelar. Aquel de quien he venido y al cual ahora retorno. Él es mi Padre, en quien Yo también pongo todas mis complacencias”.
Cristo ama al Padre. Todo su alimento consiste en hacer la Voluntad del Padre y llevar a cabo su obra. ¡Qué gozo y exaltación en el Espíritu experimentaría Cristo al regresar al seno del Padre! Al abrazo de aquel Padre, rico en misericordia que ha puesto en el Hijo todas sus complacencias.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
lunes, 28 de abril de 2008
Ustedes darán testimonio
Juan 15, 26-16,4. Pascua. Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad.
Juan 15,26. 16,4.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
Reflexión
Para oír basta con no estar sordo. Para escuchar hacen falta muchas otras cosas: tener un alma despierta; abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, entre en ti; ponerte en la misma longitud de onda que el que está conversando con nosotros; olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestros pensamientos para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo. ¡Todo un arte!
Este relacionarse, «ser social», es algo propio, natural de todo hombre. "La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación". (Gaudium et Spes, nn. 24-25)
El mensaje que Jesús nos propone hoy retumba fuertemente en el mundo actual. Nos promete que nos enviará al Consolador. Nos dice que daremos testimonio de Él. Y nos previene para que no nos escandalicemos: seremos perseguidos, calumniados, e incluso, muchos morirán en su nombre. Este es el resumen del cristianismo a lo largo de dos milenios. Un Espíritu que sopla y conforta. Un testimonio único e invaluable de caridad cristiana. Un número incontable de mártires y defensores de la fe. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un anciano no hay ayuda como un rato de conversación sin prisas y un poco de comprensión. El indigente necesita más nuestro cariño que nuestra limosna. Para el parado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo por el trabajo que le pagarán. Y es que la esencia del cristianismo es la caridad. No hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en que abundan los constructores de barreras.
En un mundo de zanjas ¿qué mejor que dedicarse a la tarea de superarlas? En este sentido, tenemos un gran ejemplo en Juan Pablo II. Un cristiano auténtico que supo acoger en su alma al Espíritu Santo. Que dió testimonio de Cristo en todo el mundo. Que vivió la caridad y aceptó el dolor por el bien de la Iglesia y del Reino de Dios.
Cuando un jugador de fútbol de la talla del croata Savor Šuker, describe su encuentro con el Papa Juan Pablo II dice: «Este encuentro con el Papa, para mí, vale más que cualquier victoria en un partido de fútbol. Yo soy futbolista, pero lo que realmente queda en la vida son otras cosas, y entre éstas, el testimonio de fe que el Santo Padre ofreció a todo el mundo».. O aquella del chileno Marcelo Salas, tras haber saludado al Papa por primera vez: «No sé ni siquiera describirlo. He experimentado una alegría inolvidable. He soñado con encontrarle a lo largo de muchos años. He tenido una oportunidad excepcional».
Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad. Ojalá que quien se acerque a nosotros se quede marcado para siempre, no por nuestra personalidad o nuestras cualidades, sino porque somos reflejo del amor de Cristo al hombre, a todo hombre. Que se diga de nosotros lo mismo que se decía sobre los primeros cristianos: «¡Mirad, cómo se aman!».
Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net
Juan 15,26. 16,4.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
Reflexión
Para oír basta con no estar sordo. Para escuchar hacen falta muchas otras cosas: tener un alma despierta; abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, entre en ti; ponerte en la misma longitud de onda que el que está conversando con nosotros; olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestros pensamientos para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo. ¡Todo un arte!
Este relacionarse, «ser social», es algo propio, natural de todo hombre. "La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación". (Gaudium et Spes, nn. 24-25)
El mensaje que Jesús nos propone hoy retumba fuertemente en el mundo actual. Nos promete que nos enviará al Consolador. Nos dice que daremos testimonio de Él. Y nos previene para que no nos escandalicemos: seremos perseguidos, calumniados, e incluso, muchos morirán en su nombre. Este es el resumen del cristianismo a lo largo de dos milenios. Un Espíritu que sopla y conforta. Un testimonio único e invaluable de caridad cristiana. Un número incontable de mártires y defensores de la fe. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un anciano no hay ayuda como un rato de conversación sin prisas y un poco de comprensión. El indigente necesita más nuestro cariño que nuestra limosna. Para el parado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo por el trabajo que le pagarán. Y es que la esencia del cristianismo es la caridad. No hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en que abundan los constructores de barreras.
En un mundo de zanjas ¿qué mejor que dedicarse a la tarea de superarlas? En este sentido, tenemos un gran ejemplo en Juan Pablo II. Un cristiano auténtico que supo acoger en su alma al Espíritu Santo. Que dió testimonio de Cristo en todo el mundo. Que vivió la caridad y aceptó el dolor por el bien de la Iglesia y del Reino de Dios.
Cuando un jugador de fútbol de la talla del croata Savor Šuker, describe su encuentro con el Papa Juan Pablo II dice: «Este encuentro con el Papa, para mí, vale más que cualquier victoria en un partido de fútbol. Yo soy futbolista, pero lo que realmente queda en la vida son otras cosas, y entre éstas, el testimonio de fe que el Santo Padre ofreció a todo el mundo».. O aquella del chileno Marcelo Salas, tras haber saludado al Papa por primera vez: «No sé ni siquiera describirlo. He experimentado una alegría inolvidable. He soñado con encontrarle a lo largo de muchos años. He tenido una oportunidad excepcional».
Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad. Ojalá que quien se acerque a nosotros se quede marcado para siempre, no por nuestra personalidad o nuestras cualidades, sino porque somos reflejo del amor de Cristo al hombre, a todo hombre. Que se diga de nosotros lo mismo que se decía sobre los primeros cristianos: «¡Mirad, cómo se aman!».
Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net
domingo, 27 de abril de 2008
Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras
Juan 14, 15-21. Pascua. Dios no pide imposibles; sino que hagas lo que puedas y le pidas lo que no puedas.
Juan 14, 15-21
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él."
Reflexión
«Si me amáis...» (Jn 14:15-21)
En el Evangelio de hoy nos dice Cristo que si le amamos guardaremos sus mandamientos. Y en una ocasión en que un joven le preguntó lo que hay que hacer para entrar en la vida eterna, Cristo le contestó: «guardar los mandamientos».
Ya dice el refrán español: «Obras son amores, y no buenas razones».
Por eso es absurdo eso de los «católicos no practicantes». El ser católico se demuestra con las obras. ¿Qué diríamos de uno que dijera: «yo soy escritor, pero jamas he escrito una línea». O de otro: «yo soy futbolista, pero jamás he dado una patada a un balón. Hay que ser coherentes.
Los protestantes dicen que para salvarse basta la fe. Pero los católicos decimos que además de la fe son necesarias las buenas obras. Ya lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy, y también lo dice el Apóstol Santiago en su carta (2,26): «La fe sin obras está muerta». El demonio cree en Dios, y está en el infierno.
Tampoco bastan las obras buenas sin la fe. Hay ateos que son buenas personas, pero si no creen en Dios, esas buenas obras no bastan. A no ser que su falta de fe sea inculpable. Pero es difícil que entre nosotros haya personas que no hayan tenido ocasión de informarse sobre la fe. El que no tiene fe por falta de interés en informarse, es responsable de su falta de
fe. Su ignorancia es culpable.
Los mandamientos no son imposiciones caprichosas, sino un exponente de la ley natural; por eso incluso los que se consideran ateos se molestan si se les llama mentirosos o ladrones.
Si todo el mundo los cumpliera, sobrarían todas las cárceles.
El cumplir los mandamientos, a veces, es costoso; pero su cumplimiento perfecciona al hombre. Lo mismo que las ruedas del carro que, aunque pesan, le ayudan a andar; un carro sin ruedas no hay quien lo mueva.
Pero no son imposibles de guardar, con la ayuda de Dios. Decía San Agustín: «Dios no pide imposibles; sino que hagas lo que puedas, le pidas lo que no puedas, y Él te ayudará para que puedas». Y también: «Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras».
Autor: P Jorge Loring | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 15-21
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él."
Reflexión
«Si me amáis...» (Jn 14:15-21)
En el Evangelio de hoy nos dice Cristo que si le amamos guardaremos sus mandamientos. Y en una ocasión en que un joven le preguntó lo que hay que hacer para entrar en la vida eterna, Cristo le contestó: «guardar los mandamientos».
Ya dice el refrán español: «Obras son amores, y no buenas razones».
Por eso es absurdo eso de los «católicos no practicantes». El ser católico se demuestra con las obras. ¿Qué diríamos de uno que dijera: «yo soy escritor, pero jamas he escrito una línea». O de otro: «yo soy futbolista, pero jamás he dado una patada a un balón. Hay que ser coherentes.
Los protestantes dicen que para salvarse basta la fe. Pero los católicos decimos que además de la fe son necesarias las buenas obras. Ya lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy, y también lo dice el Apóstol Santiago en su carta (2,26): «La fe sin obras está muerta». El demonio cree en Dios, y está en el infierno.
Tampoco bastan las obras buenas sin la fe. Hay ateos que son buenas personas, pero si no creen en Dios, esas buenas obras no bastan. A no ser que su falta de fe sea inculpable. Pero es difícil que entre nosotros haya personas que no hayan tenido ocasión de informarse sobre la fe. El que no tiene fe por falta de interés en informarse, es responsable de su falta de
fe. Su ignorancia es culpable.
Los mandamientos no son imposiciones caprichosas, sino un exponente de la ley natural; por eso incluso los que se consideran ateos se molestan si se les llama mentirosos o ladrones.
Si todo el mundo los cumpliera, sobrarían todas las cárceles.
El cumplir los mandamientos, a veces, es costoso; pero su cumplimiento perfecciona al hombre. Lo mismo que las ruedas del carro que, aunque pesan, le ayudan a andar; un carro sin ruedas no hay quien lo mueva.
Pero no son imposibles de guardar, con la ayuda de Dios. Decía San Agustín: «Dios no pide imposibles; sino que hagas lo que puedas, le pidas lo que no puedas, y Él te ayudará para que puedas». Y también: «Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras».
Autor: P Jorge Loring | Fuente: Catholic.net
sábado, 26 de abril de 2008
Odio del mundo contra Jesús y los suyos
Juan 15, 18-21. Pascua. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.
Juan 15, 18-21
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.
Reflexión
Muchos de nosotros tenemos algunos caracteres que nos identifican como hijos del señor “Y” y la señora “X”. Son los rasgos heredados de nuestros padres. Lo que los científicos llaman el patrimonio genético. De ellos heredamos unos ojos oscuros o claros, el color de nuestro cabello, nuestra estatura, y también algo de lo que será nuestro temperamento.
Como cristianos, también heredamos rasgos espirituales de nuestra madre la Iglesia. Lo dice claramente Jesucristo: pertenecemos a algo que va más allá de nuestros pobres horizontes materiales. No somos de este mundo. La gracia nos eleva a un orden superior.
Pero debemos ser conscientes de que también muchos de nuestros hermanos en Cristo sufren el desafío continuo de la fe, ya sea con la persecución, las calumnias, o hasta con la misma vida.
Pensaríamos que dentro de las cosas heredadas, esta sería una de esas enfermedades mortales que se tienen sin ser deseadas. Pero la realidad es que Dios en su infinita sabiduría, lo ha puesto como el vínculo más estrecho entre su Reino que espera. Y nosotros peregrinos buscamos siempre la forma de acercarnos más a Él. No temamos, pues, su brazo siempre está con nosotros. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
Juan 15, 18-21
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.
Reflexión
Muchos de nosotros tenemos algunos caracteres que nos identifican como hijos del señor “Y” y la señora “X”. Son los rasgos heredados de nuestros padres. Lo que los científicos llaman el patrimonio genético. De ellos heredamos unos ojos oscuros o claros, el color de nuestro cabello, nuestra estatura, y también algo de lo que será nuestro temperamento.
Como cristianos, también heredamos rasgos espirituales de nuestra madre la Iglesia. Lo dice claramente Jesucristo: pertenecemos a algo que va más allá de nuestros pobres horizontes materiales. No somos de este mundo. La gracia nos eleva a un orden superior.
Pero debemos ser conscientes de que también muchos de nuestros hermanos en Cristo sufren el desafío continuo de la fe, ya sea con la persecución, las calumnias, o hasta con la misma vida.
Pensaríamos que dentro de las cosas heredadas, esta sería una de esas enfermedades mortales que se tienen sin ser deseadas. Pero la realidad es que Dios en su infinita sabiduría, lo ha puesto como el vínculo más estrecho entre su Reino que espera. Y nosotros peregrinos buscamos siempre la forma de acercarnos más a Él. No temamos, pues, su brazo siempre está con nosotros. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
viernes, 25 de abril de 2008
Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio
Marcos 16, 15-20. Fiesta San Marcos, evangelista. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados.
Marcos 16, 15-20
En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien." Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.
Reflexión:
Nos encontramos en el Monte de los Olivos, en el mismo lugar donde cuarenta días antes, Jesús era entregado por uno de sus discípulos y donde todos los demás le abandonaron. Pero las cosas han cambiado y ya no son los mismos apóstoles de antes, la Resurrección los ha cambiado. Y Jesús se da cuenta de esto, por eso, les da una nueva misión: predicar el evangelio a todos los hombres, suscitar la fe, transmitir la salvación mediante el bautismo: he aquí la misión de los apóstoles después de la Resurrección. Y nosotros católicos somos hoy en día esos apóstoles resucitados.
Es verdad que en nuestras vidas hemos abandonado a Cristo muchas veces, pero eso a Jesús no le importa. Él nos llama a predicar el evangelio con un ardor de caridad que nos oblige a transmitir a los demás la verdad que hemos encontrado; nos dará la fuerza para ser tanto de palabra como de obra un ferviente testimonio del evangelio. Ahora bien, ¿qué nos diferencia a nosotros de los apóstoles? Tenemos la misma fe, la misma caridad, la misma doctrina, el mismo Dios... Pero nos falta su amor apasionado a Cristo, que les llevó a considerar todo basura y estiércol comparado con Cristo.
Hoy es un día de conversión. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados y pidamos esa fe y ese amor que nos convierta también a nosotros en luz y fuego en medio de la oscuridad del mundo.
Autor: Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
Marcos 16, 15-20
En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien." Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.
Reflexión:
Nos encontramos en el Monte de los Olivos, en el mismo lugar donde cuarenta días antes, Jesús era entregado por uno de sus discípulos y donde todos los demás le abandonaron. Pero las cosas han cambiado y ya no son los mismos apóstoles de antes, la Resurrección los ha cambiado. Y Jesús se da cuenta de esto, por eso, les da una nueva misión: predicar el evangelio a todos los hombres, suscitar la fe, transmitir la salvación mediante el bautismo: he aquí la misión de los apóstoles después de la Resurrección. Y nosotros católicos somos hoy en día esos apóstoles resucitados.
Es verdad que en nuestras vidas hemos abandonado a Cristo muchas veces, pero eso a Jesús no le importa. Él nos llama a predicar el evangelio con un ardor de caridad que nos oblige a transmitir a los demás la verdad que hemos encontrado; nos dará la fuerza para ser tanto de palabra como de obra un ferviente testimonio del evangelio. Ahora bien, ¿qué nos diferencia a nosotros de los apóstoles? Tenemos la misma fe, la misma caridad, la misma doctrina, el mismo Dios... Pero nos falta su amor apasionado a Cristo, que les llevó a considerar todo basura y estiércol comparado con Cristo.
Hoy es un día de conversión. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados y pidamos esa fe y ese amor que nos convierta también a nosotros en luz y fuego en medio de la oscuridad del mundo.
Autor: Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
jueves, 24 de abril de 2008
Permaneced en mi amor
Juan 15, 9-11, Pascua. El amor de Dios deja huellas en nuestro corazón.
Juan 15, 9-11
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.
Reflexión
El buen ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.
No podemos negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal grado que queremos pisar su rastro.
Unos simples pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras, escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar su alma para imitar su amor.
Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea recuperada y vuelva de nuevo la alegría.
Por ello, nuestra correspondencia debe ser de donación semejante. La entrega de lo que somos, a aquellos que amamos y conocemos, a los que nos son cercanos, pero también a los que no tenemos ni cercanos en nuestro corazón ni nos son conocidos. Allí radica nuestra alegría: “amor es donación”.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
Juan 15, 9-11
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.
Reflexión
El buen ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.
No podemos negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal grado que queremos pisar su rastro.
Unos simples pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras, escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar su alma para imitar su amor.
Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea recuperada y vuelva de nuevo la alegría.
Por ello, nuestra correspondencia debe ser de donación semejante. La entrega de lo que somos, a aquellos que amamos y conocemos, a los que nos son cercanos, pero también a los que no tenemos ni cercanos en nuestro corazón ni nos son conocidos. Allí radica nuestra alegría: “amor es donación”.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
miércoles, 23 de abril de 2008
Yo soy la vid verdadera
Juan 15, 1-8. Pascua. Cristo quiere que demos frutos, por eso nos poda, nos limpia, aunque duela.
Juan 15, 1-8.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Reflexión
En una pequeña iglesia de Roma, poco visitada por los turistas, hay un sagrario que me encanta; un pelícano se picotea el pecho para dar de comer a sus poyuelos de su propia sangre, pues el alimento escasea. Es la misma imagen de Cristo que se da a nosotros para que podamos ser fieles a nuestra vocación de cristianos; el alimento espiritual escasea en el mundo y no se nos ofrece ni en la televisión ni en los escaparates.
Pero es que Dios es genial y nadie mejor que Él ha podido tener una idea semejante, darse a sí mismo por comida para que en ningún momento pasemos hambre; ya no vale decir como Elías cuando iba por el desierto: “me sentaré aquí y me atormentaré hasta que me llegue la muerte”. No tenemos excusa, Cristo no se mueve del sagrario para que en cada momento vayamos a unirnos con Él, vayamos a tomar fuerzas para la jornada.
Sin duda alguna la mejor manera de llegar a Cristo es la Virgen María; es el camino que nunca falla, el más directo y el más seguro. Porque ¿quién puede tener miedo de una Madre tan buena? Como le decía la Virgen de Guadalupe a Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Con una Madre así llegar a Cristo es lo más fácil del mundo y la vida del cristiano se convierte en un continuo gozo.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
Juan 15, 1-8.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Reflexión
En una pequeña iglesia de Roma, poco visitada por los turistas, hay un sagrario que me encanta; un pelícano se picotea el pecho para dar de comer a sus poyuelos de su propia sangre, pues el alimento escasea. Es la misma imagen de Cristo que se da a nosotros para que podamos ser fieles a nuestra vocación de cristianos; el alimento espiritual escasea en el mundo y no se nos ofrece ni en la televisión ni en los escaparates.
Pero es que Dios es genial y nadie mejor que Él ha podido tener una idea semejante, darse a sí mismo por comida para que en ningún momento pasemos hambre; ya no vale decir como Elías cuando iba por el desierto: “me sentaré aquí y me atormentaré hasta que me llegue la muerte”. No tenemos excusa, Cristo no se mueve del sagrario para que en cada momento vayamos a unirnos con Él, vayamos a tomar fuerzas para la jornada.
Sin duda alguna la mejor manera de llegar a Cristo es la Virgen María; es el camino que nunca falla, el más directo y el más seguro. Porque ¿quién puede tener miedo de una Madre tan buena? Como le decía la Virgen de Guadalupe a Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Con una Madre así llegar a Cristo es lo más fácil del mundo y la vida del cristiano se convierte en un continuo gozo.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
martes, 22 de abril de 2008
Cristo da la paz a sus discípulos
Juan 14, 27-31. Pascua. Quien se aferra a Cristo en la tentación, experimenta la paz y la alegría del alma.
Juan 14, 27-31
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí.
Reflexión
Hay un refrán que dice: “Quien algo teme es que algo debe”. La verdad que este sencillo dicho popular tiene mucho de verdadero. Así nos sucede en nuestra vida cristiana cuando no tenemos paz en nuestro interior. Algo no va bien, Cristo no está contento con nuestro modo de obrar o de pensar; nuestra alma se ve invadida por las tentaciones del demonio. Parece que va a naufragar y en vez de ir a Cristo nos acogemos a nuestras propias fuerzas; entonces sucede el cataclismo de nuestra vida cristiana.
Por el contrario, quien se agarra a Cristo en la tentación, experimenta la paz y la alegría del alma que se siente fuerte contra la tentación, porque está Cristo con nosotros; en lo más íntimo de nuestro corazón escuchamos las palabras de Jesús. “La paz os dejo, mi paz os doy”.
¡Cuántas cosas María no entendería a lo largo de su vida! Sin embargo, la tristeza y la desazón no llegaron a su alma, porque siempre llevaba a Cristo en el corazón y Cristo sólo produce paz y felicidad para el alma. Cuánto hemos de aprender de María. Sigamos su ejemplo; acerquémonos a Ella para pedirle que nos enseñe a amar a Jesús, que nos llene de su paz, pues una y otra vez María nos llevará hasta Jesús y nos susurrará al oído: “haz lo que Él te diga”.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 27-31
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí.
Reflexión
Hay un refrán que dice: “Quien algo teme es que algo debe”. La verdad que este sencillo dicho popular tiene mucho de verdadero. Así nos sucede en nuestra vida cristiana cuando no tenemos paz en nuestro interior. Algo no va bien, Cristo no está contento con nuestro modo de obrar o de pensar; nuestra alma se ve invadida por las tentaciones del demonio. Parece que va a naufragar y en vez de ir a Cristo nos acogemos a nuestras propias fuerzas; entonces sucede el cataclismo de nuestra vida cristiana.
Por el contrario, quien se agarra a Cristo en la tentación, experimenta la paz y la alegría del alma que se siente fuerte contra la tentación, porque está Cristo con nosotros; en lo más íntimo de nuestro corazón escuchamos las palabras de Jesús. “La paz os dejo, mi paz os doy”.
¡Cuántas cosas María no entendería a lo largo de su vida! Sin embargo, la tristeza y la desazón no llegaron a su alma, porque siempre llevaba a Cristo en el corazón y Cristo sólo produce paz y felicidad para el alma. Cuánto hemos de aprender de María. Sigamos su ejemplo; acerquémonos a Ella para pedirle que nos enseñe a amar a Jesús, que nos llene de su paz, pues una y otra vez María nos llevará hasta Jesús y nos susurrará al oído: “haz lo que Él te diga”.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
domingo, 20 de abril de 2008
Voy a mandar al Espíritu Santo
Juan 14, 21-26. Pascua. Les enseñará y les recordará todo lo que Yo les he dicho.
Juan 14, 21-26
El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas -no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.
Reflexión
"El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.
Y entonces Judas le dice que por qué no se manifiesta también al mundo y no sólo a ellos. ¡Qué respuesta de Cristo! No me manifestaré sólo a ustedes sino a todo aquel que me ame, es decir que guarde mis mandamientos por amor, y no sólo me manifestaré sino que además vendré a él y haré morada en él...
¿Qué gracia más grande podemos pedir? ¡Tenerle a él dentro de nosotros! Es una experiencia única. No nos la podemos perder. Es la mejor oferta que alguien te puedo hacer. Pues, ¿quién puede ofrecernos algo mejor que Dios mismo habite en nuestra alma? Es tanto como adelantarnos y vivir el cielo por anticipado, y eso sí que es excepcional, una vida terrena llena de cielo y por si fuera poco, una eternidad vivida junto a Él. Lo único que tienes que hacer para vivir así, con sabor a cielo, es guardar sus mandamientos, vivir amando a Dios sobre todas las cosas.
La verdad es que no es fácil, amar a Dios sobre todas las cosas, no es fácil, pero llena el alma de felicidad. Es un camino difícil pero no complicado, Cristo lo ha caminado primero y está dispuesto a caminarlo contigo otra vez. Cuando te cueste, cuando te parezca imposible, mira a Cristo crucificado, y está seguro de que su amor es suficiente para darte fuerzas. Entre los que somos cristianos, el desaliento, la desesperanza, no caben, porque sabemos que si es verdad la primera parte, cruz, sufrimiento, dolor... no es menos verdad la segunda, felicidad, resurrección, esperanza, amor...
Con inmensa emoción deberíamos recibir las palabras de Cristo en este evangelio. ¡Lo tenemos en el corazón! Sí, lo tenemos, cuando estamos en vida de gracia, cuando lo amamos cumpliendo sus mandamientos.
En la vida hay cosas que son esenciales, como por ejemplo: amar, es más, es lo esencial, pues al final de la vida nos van a juzgar de lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres, dicho en otras palabras, nos van a juzgar de cuánto hayamos amado... Sí, hay que amar, es maravilloso, para eso fuimos creados, para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y ahí tenemos el camino: Guardar sus mandamientos.
Autor: H. Cristian González | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 21-26
El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas -no el Iscariote -: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?» Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho.
Reflexión
"El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él.
Y entonces Judas le dice que por qué no se manifiesta también al mundo y no sólo a ellos. ¡Qué respuesta de Cristo! No me manifestaré sólo a ustedes sino a todo aquel que me ame, es decir que guarde mis mandamientos por amor, y no sólo me manifestaré sino que además vendré a él y haré morada en él...
¿Qué gracia más grande podemos pedir? ¡Tenerle a él dentro de nosotros! Es una experiencia única. No nos la podemos perder. Es la mejor oferta que alguien te puedo hacer. Pues, ¿quién puede ofrecernos algo mejor que Dios mismo habite en nuestra alma? Es tanto como adelantarnos y vivir el cielo por anticipado, y eso sí que es excepcional, una vida terrena llena de cielo y por si fuera poco, una eternidad vivida junto a Él. Lo único que tienes que hacer para vivir así, con sabor a cielo, es guardar sus mandamientos, vivir amando a Dios sobre todas las cosas.
La verdad es que no es fácil, amar a Dios sobre todas las cosas, no es fácil, pero llena el alma de felicidad. Es un camino difícil pero no complicado, Cristo lo ha caminado primero y está dispuesto a caminarlo contigo otra vez. Cuando te cueste, cuando te parezca imposible, mira a Cristo crucificado, y está seguro de que su amor es suficiente para darte fuerzas. Entre los que somos cristianos, el desaliento, la desesperanza, no caben, porque sabemos que si es verdad la primera parte, cruz, sufrimiento, dolor... no es menos verdad la segunda, felicidad, resurrección, esperanza, amor...
Con inmensa emoción deberíamos recibir las palabras de Cristo en este evangelio. ¡Lo tenemos en el corazón! Sí, lo tenemos, cuando estamos en vida de gracia, cuando lo amamos cumpliendo sus mandamientos.
En la vida hay cosas que son esenciales, como por ejemplo: amar, es más, es lo esencial, pues al final de la vida nos van a juzgar de lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres, dicho en otras palabras, nos van a juzgar de cuánto hayamos amado... Sí, hay que amar, es maravilloso, para eso fuimos creados, para amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Y ahí tenemos el camino: Guardar sus mandamientos.
Autor: H. Cristian González | Fuente: Catholic.net
Entrevista al Cristo de los caminos
Juan 14, 1-12. Pascua. Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida...y conociéndome a mí, ya han conocido al Padre.
Juan 14, 1-12
No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino." Le dice Tomás: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" Le dice Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto." Le dice Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta." Le dice Jesús: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.
Reflexión
Imaginemos una plática con Jesús...:
Jesús amablemente nos atendió, y nuestra entrevista giró sobre aquellos momentos que se vivieron en la intimidad en la última cena, al despedirse Jesús de sus apóstoles. Quisimos preguntarle en primer lugar su estado de ánimo en esos momentos y si sus apóstoles estaban plenamente conscientes de lo que se les decía y de lo que le ocurriría pocas horas después.
Y nos dijo que “mis sentimientos en esos momentos eran encontrados, pues sentía que mi misión estaba a punto de concluir en su primera etapa y yo deseaba quedarme con los míos, con los que mi Padre me había encomendado, los quería tener como las gallinas resguardan a sus pollitos del frío de la noche y de los animales peligrosos. Pero al mismo tiempo yo sabía que tenía que regresar a mi Padre, a mi Buen Padre Dios, esto por muchas razones, en primer lugar porque ahí estaba mi lugar, cerca del Padre, era el lugar propio, pero también para preparar el lugarcito para todos los míos, para los que aceptaran a través del tiempo acogerse a mi cuidado. Se los dije claramente a mis amigos: “En casa de mi Padre hay muchas habitaciones... y voy a prepararles un lugar... pero volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes”.
Eran mis amigos, habían sido tan buenos conmigo, que me daba pena dejarles solos, por eso les prometí a mi Espíritu y les pedí que se mantuvieran unidos hasta que yo volviera.
Desafortunadamente, aunque estaban plenamente concientes, aunque me escuchaban no con los oídos sino con el corazón, de todas maneras no podían entenderme gran cosa, según colegí por la pregunta de Tomás y Felipe. Y sobre si estaban sabidos de lo que me ocurriría un poco después, yo creo que ni lo soñaron. Yo se los dije muchas veces y de alguna forma se daban cuenta del peligro que yo corría, pero no pensaron que estuviera tan cercano y sobre todo que era cosa de muerte y no de vida”.
Precisamente íbamos a preguntarle a Jesús si los apóstoles entendían aquello de que se iba, pero que volvería y se quedaría con los suyos para siempre. Él me respondió cariñosamente: “Cuando yo les hablé de que me iba, Tomasito, el intrépido Tomasito se atrevió a declarar que no sabían ni siquiera a dónde me dirigía y que por lo tanto no sabrían nunca el camino para seguirme. No podía enojarme con ellos, por eso les dije algo muy cierto: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y me vi en la necesidad de aclarar que nadie podía ir al Padre si no era precisamente a través de mí, ya que conociéndome a mí, ya habían conocido al Padre”.
Eso que nos dices es muy interesante, y requeriría de muchas explicaciones, porque hoy muchas gentes se presentan como el “camino” que hay que recorrer, pero caminos de perdición, como los que ofrecen droga, o comercian con ella, y la ofrecen como la curación de todos los males y el descubrimientos de mundos desconocidos pero color de rosa o de multicolores sensaciones. Otras muchas personas se presentan como la verdad, aunque a decir verdad, hablan de “su” verdad, de la interpretación de las cosas a su modo, como las pobres mujeres que dicen que dado que su cuerpo es suyo y les pertenece totalmente, podrán tener la libertad de disponer de una vida que se ha alojado en su propio cuerpo en el momento que ellas no lo quieran, porque será un intruso al que no se le pidió venir. Pero precisamente por eso no hay muchas gentes que se declaren la “vida”, porque ahora la verdad es que muchos están a favor de la muerte, algo por cierto inexistente, “la santa muerte”, a la que pretenden darle culto, ignorando rotundamente que la muerte ya fue vencida precisamente por Cristo con su propia muerte y resurrección.
Pero nos distrajimos y no le habíamos preguntado a Jesús en qué paró aquella intervención de Tomás y Felipe. Jesús nos respondió cordialmente: “Felipe, al considerar que yo me iba al Padre, a su casa y a preparar las habitaciones para los míos, me pidió: “Señor, muéstranos al Padre y con eso nos basta”. Yo quería morirme de pena al comprender que tres años pasados cerca de aquellas gentes no habían bastado para hacerles comprender que “quien me ve a mí ve al Padre”, y que las obras que yo realizaba diariamente las hacía en nombre del Padre y que las palabras que yo pronunciaba las pronunciaba precisamente en el nombre de mi Padre Dios. No acertaron al comprender que mi Padre está en mí yo en el Padre, que formamos una sola cosa y que el Espíritu Santo está constantemente con nosotros uniéndonos y fundiéndonos en un mutuo y claro amor.
Tuve que declararles también que “el que creyera en mí, haría las obras que yo hice y las haría aún mayores, porque yo me iba al Padre”. Y pude constatar que después de veinte siglos, eso sigue siendo verdad, pues mis discípulos hacen obras mayores que las mías, cuando confían plenamente en mí. Y el ejemplo más cercano está en mi siervo Juan Pablo II que a su muerte logró congregar a más de 3 millones de personas.
Por último, me atreví a preguntarle a Jesús sobre el bautismo, sobre los cristianos, sobre los sacerdotes, y sobre todo el sacerdocio de los fieles. La verdad es que no acerté a formular la pregunta pero Jesús me entendió al instante y me contestó: “La Iglesia congregada por mi Espíritu, tiene por misión llevar mi Palabra, mi mensaje y mi Salvación a todas las gentes. La puerta seré yo y siempre yo. Tendré pastores que me auxilien en el pastoreo, pero la puerta de salvación sólo puedo serlo yo en persona. De entre los creyentes ya bautizados, yo me elijo cada tiempo a hombres comunes, normales, comunes y corrientes para guiar y conducir a mi pueblo.
No todos los hombres pueden ser sacerdotes y pararse frente a un altar, invocar al Espíritu Santo y hacerme presente entre los hombres. Pero también es verdad que todos los bautizados que hacen mi voluntad y ayudan a sus hermanos, aunque no digan Misa, están ejerciendo su sacerdocio bautismal, piensa por ejemplo en el obrero que hace pieza sobre pieza por ocho horas continuas, piensa en los albañiles que construyen miles y miles de casas y por las noches tienen que venir a dormir a verdaderos cucuruchos, piensa en el anciano que lo dio todo por formar a sus hijos, que al final lo echaron a dormir al parque más cercano, piensa en la madre de familia que por horas y horas se pasa la vida frente a la estufa o la plancha o los pantalones de los chavos que hay que dejar relucientes, aunque contra su voluntad deshilachados porque así los prefieren ellos.
Pero piensa también en los enfermos que en sus sufrimientos también están ejerciendo su sacerdocio y su misa. Por cierto cuentan de mi Siervo Juan XXIII, aquel Papa sonriente, que estaba aquejado de una enfermedad intestinal e incurable, que siempre sonreía y sonreía, aunque sus entrañas ya estuvieran carcomidas. Cuando le anunciaron la gravedad de su enfermedad y de que se tenía que ir a camita, les dijo a sus ayudantes: “También la cama es un altar y yo ahora soy la víctima en ese altar”. Mis enfermitos, cuando saben entregar su enfermedad, sus dolores, sus sufrimientos y su soledad, están sentados en un rico tesoro que les alcanzará hasta la vida eterna si saben asociar su dolor a mi dolor en la Cruz”.
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda. | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 1-12
No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino." Le dice Tomás: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?" Le dice Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto." Le dice Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta." Le dice Jesús: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.
Reflexión
Imaginemos una plática con Jesús...:
Jesús amablemente nos atendió, y nuestra entrevista giró sobre aquellos momentos que se vivieron en la intimidad en la última cena, al despedirse Jesús de sus apóstoles. Quisimos preguntarle en primer lugar su estado de ánimo en esos momentos y si sus apóstoles estaban plenamente conscientes de lo que se les decía y de lo que le ocurriría pocas horas después.
Y nos dijo que “mis sentimientos en esos momentos eran encontrados, pues sentía que mi misión estaba a punto de concluir en su primera etapa y yo deseaba quedarme con los míos, con los que mi Padre me había encomendado, los quería tener como las gallinas resguardan a sus pollitos del frío de la noche y de los animales peligrosos. Pero al mismo tiempo yo sabía que tenía que regresar a mi Padre, a mi Buen Padre Dios, esto por muchas razones, en primer lugar porque ahí estaba mi lugar, cerca del Padre, era el lugar propio, pero también para preparar el lugarcito para todos los míos, para los que aceptaran a través del tiempo acogerse a mi cuidado. Se los dije claramente a mis amigos: “En casa de mi Padre hay muchas habitaciones... y voy a prepararles un lugar... pero volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes”.
Eran mis amigos, habían sido tan buenos conmigo, que me daba pena dejarles solos, por eso les prometí a mi Espíritu y les pedí que se mantuvieran unidos hasta que yo volviera.
Desafortunadamente, aunque estaban plenamente concientes, aunque me escuchaban no con los oídos sino con el corazón, de todas maneras no podían entenderme gran cosa, según colegí por la pregunta de Tomás y Felipe. Y sobre si estaban sabidos de lo que me ocurriría un poco después, yo creo que ni lo soñaron. Yo se los dije muchas veces y de alguna forma se daban cuenta del peligro que yo corría, pero no pensaron que estuviera tan cercano y sobre todo que era cosa de muerte y no de vida”.
Precisamente íbamos a preguntarle a Jesús si los apóstoles entendían aquello de que se iba, pero que volvería y se quedaría con los suyos para siempre. Él me respondió cariñosamente: “Cuando yo les hablé de que me iba, Tomasito, el intrépido Tomasito se atrevió a declarar que no sabían ni siquiera a dónde me dirigía y que por lo tanto no sabrían nunca el camino para seguirme. No podía enojarme con ellos, por eso les dije algo muy cierto: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” y me vi en la necesidad de aclarar que nadie podía ir al Padre si no era precisamente a través de mí, ya que conociéndome a mí, ya habían conocido al Padre”.
Eso que nos dices es muy interesante, y requeriría de muchas explicaciones, porque hoy muchas gentes se presentan como el “camino” que hay que recorrer, pero caminos de perdición, como los que ofrecen droga, o comercian con ella, y la ofrecen como la curación de todos los males y el descubrimientos de mundos desconocidos pero color de rosa o de multicolores sensaciones. Otras muchas personas se presentan como la verdad, aunque a decir verdad, hablan de “su” verdad, de la interpretación de las cosas a su modo, como las pobres mujeres que dicen que dado que su cuerpo es suyo y les pertenece totalmente, podrán tener la libertad de disponer de una vida que se ha alojado en su propio cuerpo en el momento que ellas no lo quieran, porque será un intruso al que no se le pidió venir. Pero precisamente por eso no hay muchas gentes que se declaren la “vida”, porque ahora la verdad es que muchos están a favor de la muerte, algo por cierto inexistente, “la santa muerte”, a la que pretenden darle culto, ignorando rotundamente que la muerte ya fue vencida precisamente por Cristo con su propia muerte y resurrección.
Pero nos distrajimos y no le habíamos preguntado a Jesús en qué paró aquella intervención de Tomás y Felipe. Jesús nos respondió cordialmente: “Felipe, al considerar que yo me iba al Padre, a su casa y a preparar las habitaciones para los míos, me pidió: “Señor, muéstranos al Padre y con eso nos basta”. Yo quería morirme de pena al comprender que tres años pasados cerca de aquellas gentes no habían bastado para hacerles comprender que “quien me ve a mí ve al Padre”, y que las obras que yo realizaba diariamente las hacía en nombre del Padre y que las palabras que yo pronunciaba las pronunciaba precisamente en el nombre de mi Padre Dios. No acertaron al comprender que mi Padre está en mí yo en el Padre, que formamos una sola cosa y que el Espíritu Santo está constantemente con nosotros uniéndonos y fundiéndonos en un mutuo y claro amor.
Tuve que declararles también que “el que creyera en mí, haría las obras que yo hice y las haría aún mayores, porque yo me iba al Padre”. Y pude constatar que después de veinte siglos, eso sigue siendo verdad, pues mis discípulos hacen obras mayores que las mías, cuando confían plenamente en mí. Y el ejemplo más cercano está en mi siervo Juan Pablo II que a su muerte logró congregar a más de 3 millones de personas.
Por último, me atreví a preguntarle a Jesús sobre el bautismo, sobre los cristianos, sobre los sacerdotes, y sobre todo el sacerdocio de los fieles. La verdad es que no acerté a formular la pregunta pero Jesús me entendió al instante y me contestó: “La Iglesia congregada por mi Espíritu, tiene por misión llevar mi Palabra, mi mensaje y mi Salvación a todas las gentes. La puerta seré yo y siempre yo. Tendré pastores que me auxilien en el pastoreo, pero la puerta de salvación sólo puedo serlo yo en persona. De entre los creyentes ya bautizados, yo me elijo cada tiempo a hombres comunes, normales, comunes y corrientes para guiar y conducir a mi pueblo.
No todos los hombres pueden ser sacerdotes y pararse frente a un altar, invocar al Espíritu Santo y hacerme presente entre los hombres. Pero también es verdad que todos los bautizados que hacen mi voluntad y ayudan a sus hermanos, aunque no digan Misa, están ejerciendo su sacerdocio bautismal, piensa por ejemplo en el obrero que hace pieza sobre pieza por ocho horas continuas, piensa en los albañiles que construyen miles y miles de casas y por las noches tienen que venir a dormir a verdaderos cucuruchos, piensa en el anciano que lo dio todo por formar a sus hijos, que al final lo echaron a dormir al parque más cercano, piensa en la madre de familia que por horas y horas se pasa la vida frente a la estufa o la plancha o los pantalones de los chavos que hay que dejar relucientes, aunque contra su voluntad deshilachados porque así los prefieren ellos.
Pero piensa también en los enfermos que en sus sufrimientos también están ejerciendo su sacerdocio y su misa. Por cierto cuentan de mi Siervo Juan XXIII, aquel Papa sonriente, que estaba aquejado de una enfermedad intestinal e incurable, que siempre sonreía y sonreía, aunque sus entrañas ya estuvieran carcomidas. Cuando le anunciaron la gravedad de su enfermedad y de que se tenía que ir a camita, les dijo a sus ayudantes: “También la cama es un altar y yo ahora soy la víctima en ese altar”. Mis enfermitos, cuando saben entregar su enfermedad, sus dolores, sus sufrimientos y su soledad, están sentados en un rico tesoro que les alcanzará hasta la vida eterna si saben asociar su dolor a mi dolor en la Cruz”.
Autor: Padre Alberto Ramírez Mozqueda. | Fuente: Catholic.net
sábado, 19 de abril de 2008
Muestranos al Padre
Juan 14, 7-14. Pascua. El cristiano es un hombre que camina hacia la casa del Padre.
Juan 14, 7-14.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.
Reflexión:
“La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre” (Gaudium et Spes 1) El Santo Padre describe al cristiano como un hombre que camina hacia la casa del Padre. Esta meta es la que explica y rige todo su obrar.
¡Queremos ver al Padre! Con esas palabras el cristiano recorre la vida como un verdadero hijo de Dios, como hombre resucitado. De ahí nace un caminar alegre y lleno de esperanza. Bajo ese deseo los mártires pudieron soportar los más atroces tormentos. Y está claro el porqué, pues no es sólo un deseo humano noble y bueno, sino una ayuda continua del Espíritu Santo. Como dicen algunos cantos, él es la mano de Dios que cura al hijo enfermo cuando éste lo necesita, consuela al afligido, fortalece al débil y cuida al que ya avanza por la vía que conduce al cielo.
Cristo, con su muerte y resurrección, nos ha donado y asegurado esta esperanza y esta asistencia. No divaguemos más en nuestro caminar. Vayamos a la oración y pidamos al Padre que nos permita vivir con el deseo de llegar a Él al final de la vida, amparados por su misericordia y guiados por su Espíritu de Amor.
Autor: Miguel Ángel Andrés | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 7-14.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto. Le dice Felipe: Señor, muéstranos al Padre y nos basta. Le dice Jesús: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré.
Reflexión:
“La comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre” (Gaudium et Spes 1) El Santo Padre describe al cristiano como un hombre que camina hacia la casa del Padre. Esta meta es la que explica y rige todo su obrar.
¡Queremos ver al Padre! Con esas palabras el cristiano recorre la vida como un verdadero hijo de Dios, como hombre resucitado. De ahí nace un caminar alegre y lleno de esperanza. Bajo ese deseo los mártires pudieron soportar los más atroces tormentos. Y está claro el porqué, pues no es sólo un deseo humano noble y bueno, sino una ayuda continua del Espíritu Santo. Como dicen algunos cantos, él es la mano de Dios que cura al hijo enfermo cuando éste lo necesita, consuela al afligido, fortalece al débil y cuida al que ya avanza por la vía que conduce al cielo.
Cristo, con su muerte y resurrección, nos ha donado y asegurado esta esperanza y esta asistencia. No divaguemos más en nuestro caminar. Vayamos a la oración y pidamos al Padre que nos permita vivir con el deseo de llegar a Él al final de la vida, amparados por su misericordia y guiados por su Espíritu de Amor.
Autor: Miguel Ángel Andrés | Fuente: Catholic.net
viernes, 18 de abril de 2008
Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida
Juan 14, 1-6. Pascua. Con Cristo nada puedes temer, el corazón encuentra la paz.
Juan 14, 1-6.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros.Y adonde yo voy sabéis el camino. Le dice Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Reflexión
Señor, tú te proclamaste a ti mismo: camino, verdad y vida. ¡Cuánto te costaría la fidelidad a este anuncio! Por defenderlo te conducirían a la muerte. Pero no dudaste en resguardarlo con tu propia vida, pues sabías que en ella estaba mi salvación.
Tú afirmaste ante los judíos ser Hijo de Dios. Así nos lo habías dicho y en virtud de este título bendito habías perdonado mis pecados; gracias al poder que te confería me nombraste hijo de Dios y heredero del cielo. Lo creí demasiado, pero con tu testimonio ante los sumos sacerdotes me confirmas que no es un sueño sino una realidad. Una verdad que te costó la vida.
El día de tu entrada en Jerusalén te atribuyeron el título de rey. Mi soberbia se alzó junto con los sacerdotes que te pedían desmentir aquellas voces que te aclamaban. No me parecía que te proclamaras Señor de mi vida, que me pusieras como norma tus bienaventuranzas. Me contrariaba, me incomodaba. Pero se somete mi soberbia al ver que por defender tu soberanía ante Pilato te sometes a la flagelación y al ultraje de los soldados. Él te preguntó: ¿Tú eres rey? Y tú no tardaste en contestar: Tú lo has dicho.
Defendiste las verdades más sublimes con tu vida. Ahora me corresponde a mí vivirlas y testimoniarlas con mi vida: Tú eres mi Dios, mi Rey, mi Verdad.
Autor: Miguel Ángel Andrés | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 1-6.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros.Y adonde yo voy sabéis el camino. Le dice Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino? Le dice Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Reflexión
Señor, tú te proclamaste a ti mismo: camino, verdad y vida. ¡Cuánto te costaría la fidelidad a este anuncio! Por defenderlo te conducirían a la muerte. Pero no dudaste en resguardarlo con tu propia vida, pues sabías que en ella estaba mi salvación.
Tú afirmaste ante los judíos ser Hijo de Dios. Así nos lo habías dicho y en virtud de este título bendito habías perdonado mis pecados; gracias al poder que te confería me nombraste hijo de Dios y heredero del cielo. Lo creí demasiado, pero con tu testimonio ante los sumos sacerdotes me confirmas que no es un sueño sino una realidad. Una verdad que te costó la vida.
El día de tu entrada en Jerusalén te atribuyeron el título de rey. Mi soberbia se alzó junto con los sacerdotes que te pedían desmentir aquellas voces que te aclamaban. No me parecía que te proclamaras Señor de mi vida, que me pusieras como norma tus bienaventuranzas. Me contrariaba, me incomodaba. Pero se somete mi soberbia al ver que por defender tu soberanía ante Pilato te sometes a la flagelación y al ultraje de los soldados. Él te preguntó: ¿Tú eres rey? Y tú no tardaste en contestar: Tú lo has dicho.
Defendiste las verdades más sublimes con tu vida. Ahora me corresponde a mí vivirlas y testimoniarlas con mi vida: Tú eres mi Dios, mi Rey, mi Verdad.
Autor: Miguel Ángel Andrés | Fuente: Catholic.net
jueves, 17 de abril de 2008
Si me conoces a mi, conoces al Padre
Juan 13, 16-20. Pascua. Sepamos reconocer a Dios cuando algo nos quiere decir.
Juan 13, 16-20
«En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón. «Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».
Reflexión
El Señor nos conoce, sabe que somos débiles, que somos pobres criaturillas, que podemos caer. Pero también sabe y nos lo ha dicho que no nos faltará su gracia porque Él nos ha elegido.
Cristo envía a sus mensajeros, a veces somos nosotros, debemos acogerlos. Porque al acoger a sus mensajeros acogemos también a Dios. Pero no debemos ser ingenuos acogiendo a pseudos-mensajeros, porque a veces son "lobos con piel de oveja" que diciéndose mensajeros de Dios pretenden arrancarnos nuestra fe Católica. ¿Cómo distinguirlos?
Aquellos que no sigan la doctrina verdadera de Cristo en las Escrituras y en la tradición de la Iglesia, quienes no siguen las enseñanzas del Papa, quienes se auto- roclaman nuevos profetas o nuevas religiones inspiradas por el Espíritu Santo...
Son tantos en el mundo actual los que se dicen enviados de Dios, pero son tan pocos los que en realidad escuchan a Dios. Abramos nuestro espíritu y nuestro ser entero a la gracia de Dios que se nos quiere presentar en este día. Sepamos acoger a todos como enviados de Dios, ya que Dios a veces se sirve de lo "que no es nada en el mundo para manifestarnos su poder". Y no ensordezcamos nuestro corazón cuando Él nos pide ser sus enviados.
Autor: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net
Juan 13, 16-20
«En verdad, en verdad os digo: no es más el siervo que su amo, ni el enviado más que el que le envía. «Sabiendo esto, dichosos seréis si lo cumplís. No me refiero a todos vosotros; yo conozco a los que he elegido; pero tiene que cumplirse la Escritura: El que come mi pan ha alzado contra mí su talón. «Os lo digo desde ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, creáis que Yo Soy. En verdad, en verdad os digo: quien acoja al que yo envíe me acoge a mí, y quien me acoja a mí, acoge a Aquel que me ha enviado».
Reflexión
El Señor nos conoce, sabe que somos débiles, que somos pobres criaturillas, que podemos caer. Pero también sabe y nos lo ha dicho que no nos faltará su gracia porque Él nos ha elegido.
Cristo envía a sus mensajeros, a veces somos nosotros, debemos acogerlos. Porque al acoger a sus mensajeros acogemos también a Dios. Pero no debemos ser ingenuos acogiendo a pseudos-mensajeros, porque a veces son "lobos con piel de oveja" que diciéndose mensajeros de Dios pretenden arrancarnos nuestra fe Católica. ¿Cómo distinguirlos?
Aquellos que no sigan la doctrina verdadera de Cristo en las Escrituras y en la tradición de la Iglesia, quienes no siguen las enseñanzas del Papa, quienes se auto- roclaman nuevos profetas o nuevas religiones inspiradas por el Espíritu Santo...
Son tantos en el mundo actual los que se dicen enviados de Dios, pero son tan pocos los que en realidad escuchan a Dios. Abramos nuestro espíritu y nuestro ser entero a la gracia de Dios que se nos quiere presentar en este día. Sepamos acoger a todos como enviados de Dios, ya que Dios a veces se sirve de lo "que no es nada en el mundo para manifestarnos su poder". Y no ensordezcamos nuestro corazón cuando Él nos pide ser sus enviados.
Autor: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net
miércoles, 16 de abril de 2008
Necesidad de creer en Jesús
Juan 12, 44-50. Pascua. Confiar en Cristo, nuestro mejor amigo, sólo Él es el Camino.
Juan 12, 44-50.
En aquel tiempo Jesús exclamó: El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo,la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí.
Reflexión
Me gusta pensarme como una barca. Una barca pequeña, frágil. Una barca en medio del mar de la vida. Hermoso, sí; pero al mismo tiempo tremendo. Un mar que se presenta sereno y generoso en sus frutos. Pero que es terrible en su cólera.
La travesía por el mar, sin duda fascinante, resulta peligrosa. Durante la noche y la borrasca es fácil perder el puerto y no llegar a la otra orilla.
En medio de este mar fluctuante y caprichoso, es necesario encontrar un punto fijo, un guía seguro. Y es en este momento cuando lo encontramos, o mejor dicho, se nos revela. Jesús nos lo dice clarísimo: Yo soy la luz de este mundo. Él es nuestro faro. Faro de esperanza y salvación. Este Faro nos señala dónde está el puesto seguro y, además, traza el camino con su luz. Un camino estrecho, pero claro.
Durante la travesía las sirenas de nuestro egoísmo y sensualidad nos llamarán para separarnos del camino. ¡Cuidado! Recuerda que sólo Cristo es el Camino.
Por si esto fuera poco, contamos con otro auxilio. San Bernardo intuyó muy bien al invocar a María como “Estrella de los mares”. San Bernardo exhortaba así a los cristianos: “Si alguna vez te alejas del camino de la luz y las tinieblas te impiden ver el Faro, mira la Estrella, invoca a María. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento, mira a la estrella, invoca a María. (...) Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón”. No dudemos ni un sólo instante de pedir su maternal cariño y protección. Si la sigues, no te desviarás; si recurres a ella, no desesperarás. Si Ella te sostiene, no vendrás abajo. Nada temerás si te protege; con su favor llegarás a puerto.
Autor: Oscar Lomán | Fuente: Catholic.net
Juan 12, 44-50.
En aquel tiempo Jesús exclamó: El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo,la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí.
Reflexión
Me gusta pensarme como una barca. Una barca pequeña, frágil. Una barca en medio del mar de la vida. Hermoso, sí; pero al mismo tiempo tremendo. Un mar que se presenta sereno y generoso en sus frutos. Pero que es terrible en su cólera.
La travesía por el mar, sin duda fascinante, resulta peligrosa. Durante la noche y la borrasca es fácil perder el puerto y no llegar a la otra orilla.
En medio de este mar fluctuante y caprichoso, es necesario encontrar un punto fijo, un guía seguro. Y es en este momento cuando lo encontramos, o mejor dicho, se nos revela. Jesús nos lo dice clarísimo: Yo soy la luz de este mundo. Él es nuestro faro. Faro de esperanza y salvación. Este Faro nos señala dónde está el puesto seguro y, además, traza el camino con su luz. Un camino estrecho, pero claro.
Durante la travesía las sirenas de nuestro egoísmo y sensualidad nos llamarán para separarnos del camino. ¡Cuidado! Recuerda que sólo Cristo es el Camino.
Por si esto fuera poco, contamos con otro auxilio. San Bernardo intuyó muy bien al invocar a María como “Estrella de los mares”. San Bernardo exhortaba así a los cristianos: “Si alguna vez te alejas del camino de la luz y las tinieblas te impiden ver el Faro, mira la Estrella, invoca a María. Si se levantan los vientos de las tentaciones, si te ves arrastrado contra las rocas del abatimiento, mira a la estrella, invoca a María. (...) Que nunca se cierre tu boca al nombre de María, que no se ausente de tu corazón”. No dudemos ni un sólo instante de pedir su maternal cariño y protección. Si la sigues, no te desviarás; si recurres a ella, no desesperarás. Si Ella te sostiene, no vendrás abajo. Nada temerás si te protege; con su favor llegarás a puerto.
Autor: Oscar Lomán | Fuente: Catholic.net
martes, 15 de abril de 2008
Jesús, uno con su Padre
Juan 10, 22-30. Pascua. Reflejo e imagen de la unidad que tenemos que vivir entre nosotros.
Juan 10, 22-30
Se celebraba por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.
Reflexión
Él nos lo dice: Yo soy el Cristo. Pero muchas veces no lo escuchamos. Él nos habla siempre con hechos más que con palabras. ¿Cuántos milagros se han realizado a lo largo de los siglos en la Iglesia y cuán poca confianza a veces tenemos? Es Cristo quien nos está hablando a través de todas estas obras.
Nos habla sobre todo en el silencio, en un atardecer en el mar, en la brisa cargada de fragancias de los campos, en el canto de los pajaritos... son las palabras de Dios que utiliza para comunicarnos su amor. Dios no nos habla en la fuerza de la tormenta, ni en el huracán, nos habla en el susurro de la brisa.
Además el Señor es nuestro Pastor, con Él nada temeremos, porque nos protege bajo su mano. Él se olvida de sí mismo para darnos su amor, como un verdadero Pastor sufre frío, calor, cansancio, sed, hambre... por amor.
Nosotros somos las ovejas de Cristo, fuimos entregados a Él por el mismo Padre celestial. Tanto es el amor de Dios que en todo momento se recuerda de nosotros. Nunca seremos arrebatados de la mano del Padre. Él nos protege y nos cuida entre sus manos.
Él y el Padre son uno. Uno que significa unidad, reflejo e imagen de la unidad que tenemos que vivir entre nosotros. Los hijos con los padres, los padres entre sí, los hermanos, los amigos, los que no conozco, los enemigos. Es el ejemplo de Cristo el que debemos imitar.
Autor: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net
Juan 10, 22-30
Se celebraba por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.
Reflexión
Él nos lo dice: Yo soy el Cristo. Pero muchas veces no lo escuchamos. Él nos habla siempre con hechos más que con palabras. ¿Cuántos milagros se han realizado a lo largo de los siglos en la Iglesia y cuán poca confianza a veces tenemos? Es Cristo quien nos está hablando a través de todas estas obras.
Nos habla sobre todo en el silencio, en un atardecer en el mar, en la brisa cargada de fragancias de los campos, en el canto de los pajaritos... son las palabras de Dios que utiliza para comunicarnos su amor. Dios no nos habla en la fuerza de la tormenta, ni en el huracán, nos habla en el susurro de la brisa.
Además el Señor es nuestro Pastor, con Él nada temeremos, porque nos protege bajo su mano. Él se olvida de sí mismo para darnos su amor, como un verdadero Pastor sufre frío, calor, cansancio, sed, hambre... por amor.
Nosotros somos las ovejas de Cristo, fuimos entregados a Él por el mismo Padre celestial. Tanto es el amor de Dios que en todo momento se recuerda de nosotros. Nunca seremos arrebatados de la mano del Padre. Él nos protege y nos cuida entre sus manos.
Él y el Padre son uno. Uno que significa unidad, reflejo e imagen de la unidad que tenemos que vivir entre nosotros. Los hijos con los padres, los padres entre sí, los hermanos, los amigos, los que no conozco, los enemigos. Es el ejemplo de Cristo el que debemos imitar.
Autor: P. Juan Jesús Riveros | Fuente: Catholic.net
lunes, 14 de abril de 2008
Yo soy el buen pastor que da la vida por ti
Nuestros sacerdotes son esos buenos pastores que en las más diversas circunstancias de la vida, hemos tenido a nuestro lado.
Juan 10, 11-18
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.
Reflexión
En etse día en que recordamos al Buen Pastor, pensemos también en los sacerdotes. Gracias a Dios, nuestra Iglesia Católica cuenta con muchos y muy santos sacerdotes en todas las latitudes del mundo. Pero algunos de nuestros enemigos se han confabulado rabiosamente para atacarlos con calumnias de muy mal gusto, para desprestigiarlos y manchar públicamente su buena fama y reputación con mentiras soeces y deshonestas. Y, lo que es peor, algunos católicos inconscientes se han prestado como tontos útiles para hacerles eco y seguir su juego tan sucio y tan poco leal. Pero, en fin, si Cristo mismo fue perseguido y calumniado, no podemos esperar una suerte diversa para sus sacerdotes. Él mismo nos lo advirtió: “El discípulo no es más que su Maestro: si al amo le llamaron ‘Beelzebul’ –o sea, príncipe de los demonios–, ¿cuánto más a los de su casa?” (Mt 10, 24-25). Si nos calumnian injustamente, es señal de que vamos por el mismo camino que siguió nuestro Señor.
Pero, aunque es verdad que algunos pocos, poquísimos, sí han fallado –pues los sacerdotes son también seres humanos frágiles y pecadores– debemos hacerles justicia y reconocer públicamente que los buenos sacerdotes son, por fortuna, la inmensa mayoría, casi todos. Y se comportan como “buenos pastores”, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor.
Recuerdo con gran emoción las celebraciones del Jubileo de los sacerdotes del año 2000. Del 14 al 18 de mayo nos reunimos, aquí en Roma, alrededor de 9 mil sacerdotes venidos de toda la geografía mundial para festejar, junto con el Santo Padre Juan Pablo II, el gran jubileo de la encarnación y del nacimiento del Hijo de Dios. Se hizo coincidir esa celebración con el 80o. cumpleaños del Papa. Era evidente su felicidad. En los encuentros de estos días, además de compartir juntos la Eucaristía, el regocijo y los festejos al lado de nuestro Supremo Pastor, el Santo Padre, algunos sacerdotes ofrecieron un bellísimo testimonio de fidelidad en la vivencia de su sacerdocio.
Varios de ellos, auténticos mártires en vida, sufrieron con heroísmo glorioso la persecución religiosa de los regímenes totalitarios. Sometidos a torturas, a humillaciones y a las más crueles vejaciones en su dignidad humana, permanecieron fieles a Cristo, a su fe y a su sacerdocio. Como aquel anciano sacerdote albanés, que fue arrestado en 1947 por falsas acusaciones, y nos contaba, profundamente conmovido, que había pasado toda su vida como prisionero y en trabajos forzados, y que había conocido la libertad a los 80 años, cuando en 1989 había podido celebrar su primera Misa en medio a la gente. ¡Qué santidad de pastores tenemos!
Todos nosotros, en las más diversas circunstancias de la vida, hemos tenido a nuestro lado a santos sacerdotes que nos han ayudado a mantenernos en pie, a pesar de las dificultades. Y a ellos les debemos la perseverancia en nuestra fe y en nuestra vocación cristiana.
Yo recuerdo con grandísimo cariño –y estoy seguro de que también tú, querido amigo lector– la figura de sacerdotes que han dejado una huella indeleble en mi existencia porque han sabido ser, como Cristo, “buenos pastores”. Pastores, sí; y también buenos, como auténticos padres, amigos y compañeros de la vida.
De san Francisco de Sales, aquel obispo inefablemente amable, dulce y bondadoso, la gente solía decir: “¡Cuán bueno debe ser Dios, cuando ya es tan bueno el obispo de Ginebra!”. Y se cuenta que un hombre incrédulo de la Francia del siglo XIX, alrededor del año 1840, fue invitado a visitar al padre Juan María Vianney, conocido como el santo Cura de Ars. Y, a pesar de haber ido en contra de su voluntad, después de conocerlo, exclamó: “¡Hoy he visto a Dios en un hombre!”.
Es impresionante también el testimonio que nos narró personalmente, hace algunos años, Mons. Tadeusz Kondrusiewicz, entonces Administrador apostólico de la Rusia europea y actual Arzobispo de Moscú: «Perni es una ciudad que se encuentra en los Urales y, durante el comunismo, había allí campos de concentración. Todavía en los años ochenta estaba detenido en ese lugar un sacerdote lituano, Sigitas Tamkjavicius, hoy obispo metropolitano de Kaunas. Después de la santa Misa los fieles me invitaron a visitar el cementerio. Me llevaron ante la tumba del primer sacerdote que había trabajado en esa ciudad, muerto en el siglo XIX. La gente me decía: “Durante sesenta años hemos permanecido sin iglesia y sin sacerdote, pero estaba esta tumba; y durante las fiestas veníamos aquí y rezábamos sobre esta tumba, incluso confesábamos nuestros pecados. Ninguno de nosotros ha conocido al sacerdote que está aquí sepultado. De él sólo sabemos lo que nos han contado nuestros abuelos. Y, sin embargo, durante estos sesenta años él, de modo invisible, ha estado presente entre nosotros, como si hubiera salido de la tierra para enseñarnos a ser fieles a nuestra vocación cristiana. Gracias a esta tumba hemos conservado la fe, que ahora renace y se refuerza”».
Gracias a Dios, en nuestra Iglesia hay muchos sacerdotes santos. Y, como éstos, tenemos legiones enteras y miríadas de ejemplos. Sacerdotes que, llenos de amor a Dios y a los demás, desgastan su vida en silencio y a escondidas, como la vela roja del Santísimo Sacramento que se consume de día y de noche en un continuo acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía.
Pero los sacerdotes también necesitan de nuestra oración y de nuestro apoyo, para que el Señor les dé a todos el don de la santidad y de la perseverancia en su vocación. Y oremos también por las vocaciones, para que el Dueño de la mies mande a su Iglesia muchos y santos sacerdotes según su Corazón: buenos pastores, como Jesús, “el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”.
Autor: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net
Juan 10, 11-18
Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas. Pero el asalariado, que no es pastor, a quien no pertenecen las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo hace presa en ellas y las dispersa, porque es asalariado y no le importan nada las ovejas. Yo soy el buen pastor; y conozco mis ovejas y las mías me conocen a mí, como me conoce el Padre y yo conozco a mi Padre y doy mi vida por las ovejas. También tengo otras ovejas, que no son de este redil; también a ésas las tengo que conducir y escucharán mi voz; y habrá un solo rebaño, un solo pastor. Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.
Reflexión
En etse día en que recordamos al Buen Pastor, pensemos también en los sacerdotes. Gracias a Dios, nuestra Iglesia Católica cuenta con muchos y muy santos sacerdotes en todas las latitudes del mundo. Pero algunos de nuestros enemigos se han confabulado rabiosamente para atacarlos con calumnias de muy mal gusto, para desprestigiarlos y manchar públicamente su buena fama y reputación con mentiras soeces y deshonestas. Y, lo que es peor, algunos católicos inconscientes se han prestado como tontos útiles para hacerles eco y seguir su juego tan sucio y tan poco leal. Pero, en fin, si Cristo mismo fue perseguido y calumniado, no podemos esperar una suerte diversa para sus sacerdotes. Él mismo nos lo advirtió: “El discípulo no es más que su Maestro: si al amo le llamaron ‘Beelzebul’ –o sea, príncipe de los demonios–, ¿cuánto más a los de su casa?” (Mt 10, 24-25). Si nos calumnian injustamente, es señal de que vamos por el mismo camino que siguió nuestro Señor.
Pero, aunque es verdad que algunos pocos, poquísimos, sí han fallado –pues los sacerdotes son también seres humanos frágiles y pecadores– debemos hacerles justicia y reconocer públicamente que los buenos sacerdotes son, por fortuna, la inmensa mayoría, casi todos. Y se comportan como “buenos pastores”, siguiendo el ejemplo de Jesucristo, el Buen Pastor.
Recuerdo con gran emoción las celebraciones del Jubileo de los sacerdotes del año 2000. Del 14 al 18 de mayo nos reunimos, aquí en Roma, alrededor de 9 mil sacerdotes venidos de toda la geografía mundial para festejar, junto con el Santo Padre Juan Pablo II, el gran jubileo de la encarnación y del nacimiento del Hijo de Dios. Se hizo coincidir esa celebración con el 80o. cumpleaños del Papa. Era evidente su felicidad. En los encuentros de estos días, además de compartir juntos la Eucaristía, el regocijo y los festejos al lado de nuestro Supremo Pastor, el Santo Padre, algunos sacerdotes ofrecieron un bellísimo testimonio de fidelidad en la vivencia de su sacerdocio.
Varios de ellos, auténticos mártires en vida, sufrieron con heroísmo glorioso la persecución religiosa de los regímenes totalitarios. Sometidos a torturas, a humillaciones y a las más crueles vejaciones en su dignidad humana, permanecieron fieles a Cristo, a su fe y a su sacerdocio. Como aquel anciano sacerdote albanés, que fue arrestado en 1947 por falsas acusaciones, y nos contaba, profundamente conmovido, que había pasado toda su vida como prisionero y en trabajos forzados, y que había conocido la libertad a los 80 años, cuando en 1989 había podido celebrar su primera Misa en medio a la gente. ¡Qué santidad de pastores tenemos!
Todos nosotros, en las más diversas circunstancias de la vida, hemos tenido a nuestro lado a santos sacerdotes que nos han ayudado a mantenernos en pie, a pesar de las dificultades. Y a ellos les debemos la perseverancia en nuestra fe y en nuestra vocación cristiana.
Yo recuerdo con grandísimo cariño –y estoy seguro de que también tú, querido amigo lector– la figura de sacerdotes que han dejado una huella indeleble en mi existencia porque han sabido ser, como Cristo, “buenos pastores”. Pastores, sí; y también buenos, como auténticos padres, amigos y compañeros de la vida.
De san Francisco de Sales, aquel obispo inefablemente amable, dulce y bondadoso, la gente solía decir: “¡Cuán bueno debe ser Dios, cuando ya es tan bueno el obispo de Ginebra!”. Y se cuenta que un hombre incrédulo de la Francia del siglo XIX, alrededor del año 1840, fue invitado a visitar al padre Juan María Vianney, conocido como el santo Cura de Ars. Y, a pesar de haber ido en contra de su voluntad, después de conocerlo, exclamó: “¡Hoy he visto a Dios en un hombre!”.
Es impresionante también el testimonio que nos narró personalmente, hace algunos años, Mons. Tadeusz Kondrusiewicz, entonces Administrador apostólico de la Rusia europea y actual Arzobispo de Moscú: «Perni es una ciudad que se encuentra en los Urales y, durante el comunismo, había allí campos de concentración. Todavía en los años ochenta estaba detenido en ese lugar un sacerdote lituano, Sigitas Tamkjavicius, hoy obispo metropolitano de Kaunas. Después de la santa Misa los fieles me invitaron a visitar el cementerio. Me llevaron ante la tumba del primer sacerdote que había trabajado en esa ciudad, muerto en el siglo XIX. La gente me decía: “Durante sesenta años hemos permanecido sin iglesia y sin sacerdote, pero estaba esta tumba; y durante las fiestas veníamos aquí y rezábamos sobre esta tumba, incluso confesábamos nuestros pecados. Ninguno de nosotros ha conocido al sacerdote que está aquí sepultado. De él sólo sabemos lo que nos han contado nuestros abuelos. Y, sin embargo, durante estos sesenta años él, de modo invisible, ha estado presente entre nosotros, como si hubiera salido de la tierra para enseñarnos a ser fieles a nuestra vocación cristiana. Gracias a esta tumba hemos conservado la fe, que ahora renace y se refuerza”».
Gracias a Dios, en nuestra Iglesia hay muchos sacerdotes santos. Y, como éstos, tenemos legiones enteras y miríadas de ejemplos. Sacerdotes que, llenos de amor a Dios y a los demás, desgastan su vida en silencio y a escondidas, como la vela roja del Santísimo Sacramento que se consume de día y de noche en un continuo acto de amor y de adoración a Jesús Eucaristía.
Pero los sacerdotes también necesitan de nuestra oración y de nuestro apoyo, para que el Señor les dé a todos el don de la santidad y de la perseverancia en su vocación. Y oremos también por las vocaciones, para que el Dueño de la mies mande a su Iglesia muchos y santos sacerdotes según su Corazón: buenos pastores, como Jesús, “el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas”.
Autor: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net
domingo, 13 de abril de 2008
El pastor y el rebaño
Juan 10, 1-10. Pascua. No tengamos que tener miedo de abrir las puertas de nuestro corazón a Cristo
Juan 10, 1-10.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
Reflexión:
Él es el Buen Pastor, que conoce a cada una de sus ovejas por el nombre y está dispuesto a dejar las noventa y nueve, para buscar a la descarriada. Él es un hombre para los demás. Amar es tan inevitable y irremediable para él como quemar para una llama.
Él es también la puerta de las ovejas. "El que entre por mí se salvará, y encontrará pastos".
Pero para entrar por esta puerta hay que dejar primero que Cristo abra nuestra puerta y entre en nuestro interior, pues sólo sus ovejas, es decir las que le conocen, escuchan su voz, son capaces de reconocer al pastor y encontrar resguardo y sosiego ante los abusos y peligros del mundo.
No tenemos que tener miedo de abrir las puertas de nuestro corazón a Cristo, como Él nos abre las puertas del paraíso. Ni de abrir las puertas de nuestro corazón a los hombres, para que sepan encontrar también en nosotros el amor, que caracteriza los discípulos de Jesús.
Abriendo nuestro corazón a Dios y a todos los hombres, es como pertenecemos al rebaño de Cristo y como podemos entrar por la puerta que nos da la vida en abundancia. El amor es la llave maestra, que abre la Puerta, que abre de par en par el Corazón de Jesús.
Autor: José Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
Juan 10, 1-10.
En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba. Entonces Jesús les dijo de nuevo: En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.
Reflexión:
Él es el Buen Pastor, que conoce a cada una de sus ovejas por el nombre y está dispuesto a dejar las noventa y nueve, para buscar a la descarriada. Él es un hombre para los demás. Amar es tan inevitable y irremediable para él como quemar para una llama.
Él es también la puerta de las ovejas. "El que entre por mí se salvará, y encontrará pastos".
Pero para entrar por esta puerta hay que dejar primero que Cristo abra nuestra puerta y entre en nuestro interior, pues sólo sus ovejas, es decir las que le conocen, escuchan su voz, son capaces de reconocer al pastor y encontrar resguardo y sosiego ante los abusos y peligros del mundo.
No tenemos que tener miedo de abrir las puertas de nuestro corazón a Cristo, como Él nos abre las puertas del paraíso. Ni de abrir las puertas de nuestro corazón a los hombres, para que sepan encontrar también en nosotros el amor, que caracteriza los discípulos de Jesús.
Abriendo nuestro corazón a Dios y a todos los hombres, es como pertenecemos al rebaño de Cristo y como podemos entrar por la puerta que nos da la vida en abundancia. El amor es la llave maestra, que abre la Puerta, que abre de par en par el Corazón de Jesús.
Autor: José Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
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