Juan 20, 19-23. Pentecostés. El Espíritu Santo es todo eso: el fuego de la fe, del amor, de la fuerza y de la vida.
Juan 20, 19-23.
Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Reflexión
En cierta ocasión se encontraba una maestra en clase de religión con sus alumnos de tercero de primaria. Y les pregunta: - "Quién de ustedes me sabe decir quién es la Santísima Trinidad?" Y uno de los niños, el más despierto, grita: - "¡Yo, maestra! La Santísima Trinidad son el Padre, el Hijo ¡y... la Paloma!"
Para cuántos de nosotros el Espíritu Santo es precisamente eso:¡una paloma! De esa forma descendió sobre Cristo el día de su bautismo en el Jordán y así se le ha representado muchas veces en el arte sagrado. Pero ¡el Espíritu Santo no es una paloma! ¿Cómo se puede tener un trato humano, profundo y personal con un animalito irracional? La paloma es, a lo mucho, un bello símbolo de la paz, y nada más. Y, sin embargo, el Espíritu Santo es la tercera Persona de la Trinidad Santísima y Dios verdadero.
En la solemnidad de hoy celebramos la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles el día de Pentecostés. Pero en las lecturas de la Misa de hoy nos volvemos a encontrar con la misma dificultad de antes: el problema del lenguaje. En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles se nos narra que el Espíritu Santo bajó del cielo "en forma de un viento impetuoso que soplaba". ¡Otra imagen! Como el viento que mandó Dios sobre el Mar Rojo para secarlo y hacer pasar a los israelitas por en medio del mar, liberándolos de la esclavitud del faraón y de Egipto (Ex 14, 21-31); o como ese viento que el mismo Dios hizo soplar sobre un montón de huesos áridos para traerlos a la vida, según nos refiere el profeta Ezequiel (Ez 37, 1-14). El mismo Cristo en el Evangelio de hoy usa también la imagen del viento para hablarnos del Espíritu Santo: "Jesús sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo". La misma palabra espíritu significa, etimológicamente, viento: procede del latín, spíritus (del verbo spiro, es decir soplar). El vocablo hebreo, ruah, tiene el mismo significado. Y la palabra latina que se usaba para decir alma era ánima, que a su vez viene del griego ánemos, viento.
El libro del Génesis nos narra que, cuando Dios creó al hombre modelándolo del barro, "le sopló en las narices y así se convirtió en un ser vivo" (Gén 2,7). Por eso también Cristo, como el Padre, sopla su Espíritu sobre sus apóstoles para transmitirles la vida. Sin el aliento
vital nada existe. Así como el cuerpo sin el alma es un cadáver, el hombre sin el Espíritu Santo está muerto y se corrompe. Por eso, en la profesión de fe, decimos que "creemos en el Espíritu Santo, que es Señor y Dador de vida". ¿Y cómo nos comunica esa vida? Cristo lo dice a continuación: "a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados..." Es la vida de la gracia santificante, que producen los sacramentos: el bautismo, la confesión, la Eucaristía y los otros cuatro. Él es el Espíritu Santificador, que da vida, alienta todo y "anima" todo. Es esto lo que Cristo nos quiere significar con esta imagen del viento.
En la Sagrada Escritura se nos habla del Espíritu Santo a través de muchas otras imágenes, dada nuestra pobre inteligencia humana, incapaz de abarcar y de penetrar en el misterio infinito de Dios. En la primera lectura misma que acabamos de referir, se nos dice que descendió "como lenguas de fuego" que se posaban sobre cada uno de los discípulos.
La imagen del fuego es también riquísima a lo largo de toda la Biblia. Es el símbolo de la luz, del calor, de la energía cósmica, de la fuerza. El Espíritu Santo es todo eso: el fuego de la fe, del amor, de la fuerza y de la vida.
Pero, además de las mil representaciones, el Espíritu Santo es, sobre todo, DIOS. Es Persona divina, como el Padre y el Hijo. Es el Dios-Amor en Persona, que une al Padre y al Hijo en la intimidad de su vida divina por el vínculo del amor, que es Él mismo. Vive dentro de nosotros, como el mismo Cristo nos aseguró: "Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a hacer en él nuestra morada" (Jn 14,23).
Podemos decir que una persona que amamos vive dentro de nosotros por el amor. Y si esto es posible en el amor humano, con mucha mayor razón lo es para Dios. El Espíritu Santo y la Trinidad Santísima viven dentro de nosotros por el amor, la fe, la vida de gracia, los sacramentos y las virtudes cristianas. El "dulce Huésped del alma" es otro de sus nombres; y san Pablo nos recuerda: "¿No saben que son templos de Dios y que el Espíritu Santo habita dentro de ustedes?" (I Cor 3,16).
Podríamos decir tantísimas cosas del Espíritu Santo y nunca acabaríamos. Pero lo más importante no es saber mucho, sino dejar que Él viva realmente dentro de nosotros. Y esto será posible sólo si le dejamos cabida en nuestro corazón a través de la gracia santificante: donde reina el pecado no hay vida. Es imposible que convivan juntos el día y la noche, o la vida y la muerte. Dios vivirá en nosotros en la medida en que desterremos el pecado y los vicios para que Él verdaderamente sea el único Señor de nuestra existencia. ¿Por qué no comienzas ya desde este mismo momento?
Autor: P. Sergio Cordova LC | Fuente: Catholic.net
domingo, 11 de mayo de 2008
sábado, 10 de mayo de 2008
El discípulo amado
Juan 21, 20-25. Pascua. El Señor ama a cada persona en particular y nos dice: Tú, ven y sígueme.
Juan 21, 20-25
Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga». Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.
Reflexión
Dios es universal, es para todos. Pero no en la forma en que nos podemos repartir un pastel en una fiesta de cumpleaños, conformándonos con una buena rebanada. No, Dios es tan de todos, que todos le podemos reclamar, y no sólo reclamar, sino tener la absoluta certeza de que es completamente nuestro.
En este evangelio, San Juan, nos deja claro cómo el Señor ama a cada persona en particular. Nada de genaralizaciones apresuradas. Nada de razas o clases sociales. Nada de familas o linajes ancestrales, y mucho menos, nada de colores. Todo esto está detrás del reproche que Jesús le hace a Pedro, cuando le pregunta por la suerte del discípulo amado.
Jesús le responde: Tú, ven y sígueme.
Si el Maestro utilizó la parábola del Buen Pastor, no fue para eneñarnos a ser borregos, y para que fuéramos siempre siguiendo la manada, sino para mostrarnos su interés en que cada una de sus ovejas encontrara pastos y agua donde retozar. No podemos pasarnos la vida esperando que los demás cambien, que el ambiente sea propicio, que no suba la marea y que soplen buenos vientos para comenzar a ser fieles cristianos. El día de nuestro bautismo el ministro derramó agua sobre nuestra cabeza y pronunció nuestro nombre. Era el mismo Jesús que nos decía: Tú, ven y sígueme.
Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
Juan 21, 20-25
Pedro se vuelve y ve siguiéndoles detrás, al discípulo a quién Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme». Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga». Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.
Reflexión
Dios es universal, es para todos. Pero no en la forma en que nos podemos repartir un pastel en una fiesta de cumpleaños, conformándonos con una buena rebanada. No, Dios es tan de todos, que todos le podemos reclamar, y no sólo reclamar, sino tener la absoluta certeza de que es completamente nuestro.
En este evangelio, San Juan, nos deja claro cómo el Señor ama a cada persona en particular. Nada de genaralizaciones apresuradas. Nada de razas o clases sociales. Nada de familas o linajes ancestrales, y mucho menos, nada de colores. Todo esto está detrás del reproche que Jesús le hace a Pedro, cuando le pregunta por la suerte del discípulo amado.
Jesús le responde: Tú, ven y sígueme.
Si el Maestro utilizó la parábola del Buen Pastor, no fue para eneñarnos a ser borregos, y para que fuéramos siempre siguiendo la manada, sino para mostrarnos su interés en que cada una de sus ovejas encontrara pastos y agua donde retozar. No podemos pasarnos la vida esperando que los demás cambien, que el ambiente sea propicio, que no suba la marea y que soplen buenos vientos para comenzar a ser fieles cristianos. El día de nuestro bautismo el ministro derramó agua sobre nuestra cabeza y pronunció nuestro nombre. Era el mismo Jesús que nos decía: Tú, ven y sígueme.
Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
viernes, 9 de mayo de 2008
La triple confesión de Pedro
Juan 21, 15-19. Pascua. Nos pregunta hoy Cristo a cada uno de nosotros, ¿me amas?
Juan 21, 15-19.
Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, y comiendo con ellos preguntó Simón Pedro: Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Le dice él: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis corderos. Vuelve a decirle por segunda vez: Simón de Juan, ¿me amas? Le dice él: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. Le dice por tercera vez: Simón de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ¿Me quieres? y le dijo: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme.
Reflexión
Cristo conoce nuestra debilidad en el amor y así como alguno le entregó nefastamente, otro en cambio se arrepintió y pidió perdón. Y no dudamos que Jesús quería el bien tanto de Pedro como el de Judas, pero uno supo corresponder al amor de su maestro levantándose de su caída y el otro en cambio prefirió ahorcarse en la maldad de su pecado.
Pedro, ¿me quieres?, ¿me amas?, ¿me amas de verdad, incluso más que éstos? Cristo se lo pregunta tres veces porque quiere escuchar de sus mismos labios que le ama de verdad, se lo pregunta tres veces porque busca confirmarle en el amor. Seguramente Jesús sabía que Pedro le amaba pero no es lo mismo saber que alguien nos ama a que nos diga con sus mismo labios tú sabes que te quiero.
El evangelio nos dice que Pedro se entristeció de que por tercera vez Cristo le hubiera preguntado ¿me amas? y no era para más, porque ¿quién de nosotros no se apenaría si escuchamos estas preguntas de aquel que sabemos que nos ama? Nos haría pensar que quien nos lo pregunta duda de nuestro amor o que realmente busca que le digamos que le amamos. De igual forma nos pregunta hoy Cristo a cada uno de nosotros, ¿me amas? ¿me amas incluso más que tu padre y tu madre, tu esposa y tu esposo, un amigo o una amiga, incluso por encima de cualquier objeto material? Y no temamos reponer con un sí sostenido, con un sí que hará de nuestro amor un amor no de sentimientos sino un amor fundado en la entrega y donación, como el amor de Pedro.
Autor: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net
Juan 21, 15-19.
Habiéndose aparecido Jesús a sus discípulos, y comiendo con ellos preguntó Simón Pedro: Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Le dice él: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis corderos. Vuelve a decirle por segunda vez: Simón de Juan, ¿me amas? Le dice él: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. Le dice por tercera vez: Simón de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ¿Me quieres? y le dijo: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras. Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: Sígueme.
Reflexión
Cristo conoce nuestra debilidad en el amor y así como alguno le entregó nefastamente, otro en cambio se arrepintió y pidió perdón. Y no dudamos que Jesús quería el bien tanto de Pedro como el de Judas, pero uno supo corresponder al amor de su maestro levantándose de su caída y el otro en cambio prefirió ahorcarse en la maldad de su pecado.
Pedro, ¿me quieres?, ¿me amas?, ¿me amas de verdad, incluso más que éstos? Cristo se lo pregunta tres veces porque quiere escuchar de sus mismos labios que le ama de verdad, se lo pregunta tres veces porque busca confirmarle en el amor. Seguramente Jesús sabía que Pedro le amaba pero no es lo mismo saber que alguien nos ama a que nos diga con sus mismo labios tú sabes que te quiero.
El evangelio nos dice que Pedro se entristeció de que por tercera vez Cristo le hubiera preguntado ¿me amas? y no era para más, porque ¿quién de nosotros no se apenaría si escuchamos estas preguntas de aquel que sabemos que nos ama? Nos haría pensar que quien nos lo pregunta duda de nuestro amor o que realmente busca que le digamos que le amamos. De igual forma nos pregunta hoy Cristo a cada uno de nosotros, ¿me amas? ¿me amas incluso más que tu padre y tu madre, tu esposa y tu esposo, un amigo o una amiga, incluso por encima de cualquier objeto material? Y no temamos reponer con un sí sostenido, con un sí que hará de nuestro amor un amor no de sentimientos sino un amor fundado en la entrega y donación, como el amor de Pedro.
Autor: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net
jueves, 8 de mayo de 2008
Ruega por todos los creyentes
Juan 17, 20-26. Pascua. Cristo pidió a su Padre que los suyos se distinguieran por la unidad y el amor.
Juan 17, 20-26
No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria, la que ma has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.
Reflexión
Nos gustan los "tianguis". Es fácil encontrar de todo y más barato. Pero, curiosamente, somos compradores exigentes. Sometemos a múltiples exámenes los artículos que nos ofrecen. Buscamos el holograma que me asegure que estos lentes son auténticos "Ray Ban" o que este reloj tan llamativo sea "Casio" original, con banco de datos y calculadora para los exámenes...
Y si nos gusta poseer cosas auténticas, más nos agrada encontrar la autenticidad encarnada en las personas con quienes convivimos. No nos gustan las hipocresías, ni los dobleces y las mentiras.
Lo que no es auténtico no convence, ni da pruebas de garantía o confianza. Por eso Cristo pidió a su Padre que los suyos se distinguieran por dos características inequívocas: la unidad y el amor.
Con estos dos rasgos es fácil discernir quién sí es de Cristo, y quien, por el contrario no lo es. ¿Eres verdadero cristiano? Será porque vives el amor y tratas de crear a tu alrededor un ambiente de unidad, a pesar de las diferencias que todos tenemos. Si no... lo serás sólo de nombre. Pero no te preocupes, que para eso se adelantó Jesús rogando por ti. Pídele que te ayude, para que seas un cristiano auténtico según su corazón y no sólo de etiqueta.
Autor: P. Vicente Yanes | Fuente: Catholic.net
Juan 17, 20-26
No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. Padre, los que tú me has dado, quiero que donde yo esté estén también conmigo, para que contemplan mi gloria, la que ma has dado, porque me has amado antes de la creación del mundo. Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado. Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos.
Reflexión
Nos gustan los "tianguis". Es fácil encontrar de todo y más barato. Pero, curiosamente, somos compradores exigentes. Sometemos a múltiples exámenes los artículos que nos ofrecen. Buscamos el holograma que me asegure que estos lentes son auténticos "Ray Ban" o que este reloj tan llamativo sea "Casio" original, con banco de datos y calculadora para los exámenes...
Y si nos gusta poseer cosas auténticas, más nos agrada encontrar la autenticidad encarnada en las personas con quienes convivimos. No nos gustan las hipocresías, ni los dobleces y las mentiras.
Lo que no es auténtico no convence, ni da pruebas de garantía o confianza. Por eso Cristo pidió a su Padre que los suyos se distinguieran por dos características inequívocas: la unidad y el amor.
Con estos dos rasgos es fácil discernir quién sí es de Cristo, y quien, por el contrario no lo es. ¿Eres verdadero cristiano? Será porque vives el amor y tratas de crear a tu alrededor un ambiente de unidad, a pesar de las diferencias que todos tenemos. Si no... lo serás sólo de nombre. Pero no te preocupes, que para eso se adelantó Jesús rogando por ti. Pídele que te ayude, para que seas un cristiano auténtico según su corazón y no sólo de etiqueta.
Autor: P. Vicente Yanes | Fuente: Catholic.net
miércoles, 7 de mayo de 2008
Jesús ruega por sus discípulos
Juan 17, 11-19. Pascua. La santidad es un reto para todo bautizado a través de la oración.
Juan 17, 11-19.
En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús dijo: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.
Reflexión
Cristo continúa orando con su Padre, y así como pidió para que nosotros seamos uno, ahora pide al Padre que seamos santificados en la verdad. Y la verdad se encuentra en las palabras de vida que del Padre hemos recibido. Es decir, todas aquellas virtudes que nos ha enseñado y que nos pide imitar. Caridad, fe, abnegación y también santidad, que es el culmen de todas las virtudes.
Los cristianos de este siglo debemos aceptar que la santidad ya no es algo tan lejano y reservado únicamente a unas cuantas almas místicas. Prueba de ello son las numerosas beatificaciones y santificaciones que el Papa realizó en el siglo pasado y en el nuevo milenio.
La santidad, por tanto, es un reto que atañe a todo bautizado. Por el bautismo recibimos las ayudas para ser santos, sólo que a lo largo de nuestra vida esa blancura de nuestra alma se ha ido manchando y, por consiguiente, nos hemos alejado de la santidad. Hemos preferido adorarnos a nosotros mismo en lugar de Dios. Sin embargo, no por ello todo está perdido. Al contrario, la santidad es un reto que Cristo, a través de su Vicario en la tierra (el Papa) nos invita a conquistar. Un reto difícil y costoso porque nuestra naturaleza humana nos arrastra a las cosas de la tierra. Pero es un reto que cuando se ha tomado en serio, llena de profunda y verdadera felicidad. Porque se experimenta la dicha de vivir con la ilusión de agradar sólo a nuestro creador. De tenerlo en nuestro corazón y de rechazar todo lo que nos pueda alejar de Él. “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3).
Autor: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net
Juan 17, 11-19.
En aquel tiempo, levantando los ojos al cielo, Jesús dijo: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.
Reflexión
Cristo continúa orando con su Padre, y así como pidió para que nosotros seamos uno, ahora pide al Padre que seamos santificados en la verdad. Y la verdad se encuentra en las palabras de vida que del Padre hemos recibido. Es decir, todas aquellas virtudes que nos ha enseñado y que nos pide imitar. Caridad, fe, abnegación y también santidad, que es el culmen de todas las virtudes.
Los cristianos de este siglo debemos aceptar que la santidad ya no es algo tan lejano y reservado únicamente a unas cuantas almas místicas. Prueba de ello son las numerosas beatificaciones y santificaciones que el Papa realizó en el siglo pasado y en el nuevo milenio.
La santidad, por tanto, es un reto que atañe a todo bautizado. Por el bautismo recibimos las ayudas para ser santos, sólo que a lo largo de nuestra vida esa blancura de nuestra alma se ha ido manchando y, por consiguiente, nos hemos alejado de la santidad. Hemos preferido adorarnos a nosotros mismo en lugar de Dios. Sin embargo, no por ello todo está perdido. Al contrario, la santidad es un reto que Cristo, a través de su Vicario en la tierra (el Papa) nos invita a conquistar. Un reto difícil y costoso porque nuestra naturaleza humana nos arrastra a las cosas de la tierra. Pero es un reto que cuando se ha tomado en serio, llena de profunda y verdadera felicidad. Porque se experimenta la dicha de vivir con la ilusión de agradar sólo a nuestro creador. De tenerlo en nuestro corazón y de rechazar todo lo que nos pueda alejar de Él. “Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación” (1 Ts 4, 3).
Autor: Misael Cisneros | Fuente: Catholic.net
martes, 6 de mayo de 2008
Jesús ora al Padre por sí mismo
Juan 17, 1-11. Pascua. Jesús bien sabía que una vez que le conociéramos de verdad, no podríamos dejar de amarlo y de seguirlo.
Juan 17, 1-11
Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti.
Reflexión
Si quisiéramos una síntesis de los requisitos para alcanzar la vida eterna, está aquí: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y al que tú has enviado, Jesucristo. Si conocer a Dios es el primer interés de los creyentes, conocer a Jesús debe ser el primer interés de los cristianos.
Jesús bien sabía que una vez que le conociéramos de verdad, no podríamos dejar de amarlo y de seguirlo. Porque no se puede conocer a Jesús sin caer presa de su amor. No se puede conocer a Jesús sin contagiarse de la esperanza que infunde su mensaje. No se puede conocer a Jesús sin creer en su Pasión, Muerte y Resurrección.
Alguien ha dicho que un creyente es un enamorado, uno que se ha enamorado de Dios. Si le pides que te dé razones de su amor, quizá no logre hacerlo, no porque no tenga razones o no las haya pensado, sino porque tendrá tantas que se le amontonarán en la boca y no podrán salir. Conocer a Jesús, no nos puede dejar indiferentes, como no es indiferente el hombre ante el amor de su esposa, o de su novia. El verdadero cristinano es aquel que con su vida intentará corresponderle regalándole sus buenas obras.
Por esto, Jesús encomienda los cristianos al cuidado del Padre. Él sabe que llega su hora. Pero no quiere dejarnos desamparados. Pide al Padre por aquellos que creerán en el Evangelio a lo largo de toda la historia. Por todos los que conociendo lo que Dios ha hecho por el hombre le corresponderán con una vida de auténticos discípulos: amando al prójimo, como Dios nos ha amado. A pesar de que el mundo nos ignore, nos desprecie y nos tache de ilusos e idealistas, cuando rememos contra corriente, recordemos que Jesús ha rogado por nosotros, simplemente porque somos suyos.
Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
Juan 17, 1-11
Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: «Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti. Y que según el poder que le has dado sobre toda carne, dé también vida eterna a todos los que tú le has dado. Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar. Ahora, Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese. He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; porque las palabras que tú me diste se las he dado a ellos, y ellos las han aceptado y han reconocido verdaderamente que vengo de ti, y han creído que tú me has enviado. Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos; y todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío; y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo, y yo voy a ti.
Reflexión
Si quisiéramos una síntesis de los requisitos para alcanzar la vida eterna, está aquí: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero y al que tú has enviado, Jesucristo. Si conocer a Dios es el primer interés de los creyentes, conocer a Jesús debe ser el primer interés de los cristianos.
Jesús bien sabía que una vez que le conociéramos de verdad, no podríamos dejar de amarlo y de seguirlo. Porque no se puede conocer a Jesús sin caer presa de su amor. No se puede conocer a Jesús sin contagiarse de la esperanza que infunde su mensaje. No se puede conocer a Jesús sin creer en su Pasión, Muerte y Resurrección.
Alguien ha dicho que un creyente es un enamorado, uno que se ha enamorado de Dios. Si le pides que te dé razones de su amor, quizá no logre hacerlo, no porque no tenga razones o no las haya pensado, sino porque tendrá tantas que se le amontonarán en la boca y no podrán salir. Conocer a Jesús, no nos puede dejar indiferentes, como no es indiferente el hombre ante el amor de su esposa, o de su novia. El verdadero cristinano es aquel que con su vida intentará corresponderle regalándole sus buenas obras.
Por esto, Jesús encomienda los cristianos al cuidado del Padre. Él sabe que llega su hora. Pero no quiere dejarnos desamparados. Pide al Padre por aquellos que creerán en el Evangelio a lo largo de toda la historia. Por todos los que conociendo lo que Dios ha hecho por el hombre le corresponderán con una vida de auténticos discípulos: amando al prójimo, como Dios nos ha amado. A pesar de que el mundo nos ignore, nos desprecie y nos tache de ilusos e idealistas, cuando rememos contra corriente, recordemos que Jesús ha rogado por nosotros, simplemente porque somos suyos.
Autor: P Juan Pablo Menéndez | Fuente: Catholic.net
lunes, 5 de mayo de 2008
Yo he vencido al mundo
Juan 16, 29-33. Dios nos pide una fe pura, limpia, y una confianza sencilla, sin racionalismos, sin seguridades humanas, sin nuestros mezquinos criterios egoístas.
Juan 16, 29-33
En aquel tiempo dijeron los discípulos a Jesús: Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios. Jesús les respondió: ¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo.
Reflexión
¡Asombra la claridad con que nos demuestra este evangelio la fragilidad del hombre y la acción de Cristo en nuestra vida! En este pasaje Jesucristo, actuando con la bondad con que le caracteriza, nos hace ver nuestra fragilidad humana y la necesidad de confiar plenamente en Él.
Adentrémonos en este diálogo de Jesucristo con sus discípulos. Para Cristo éstas son las horas previas a su muerte, a su pasión, y por encima del dolor y la angustia que esto le pueda causa, quiere olvidarse de ello y preocuparse sólo de sus discípulos; acerquémonos pues con confianza y escuchemos sus palabras.
En esta ocasión los discípulos quieren ellos mismos expresarle a Jesús su fe: “Señor ahora creemos que has salido de Dios”; seguramente esperaban una respuesta de Cristo que los halagara, que los felicitara,... Sin embargo, la respuesta de Cristo es dura, es una reprensión... ¿Por qué les responde de esta manera Cristo? ¿No eran acaso sus apóstoles, sus elegidos? ¡Claro que lo eran! Sin embargo, aun siendo ya sacerdotes, no dejan por ello de ser hombres, y por tanto débiles, heridos por el pecado.
La lección de Cristo es clara. Él nos pide una fe pura, limpia, y una confianza sencilla, sin racionalismos, sin seguridades humanas, sin nuestros mezquinos criterios egoístas.
Jesucristo sabe que no nos es fácil vivir en un mundo donde el único criterio de verdad viene a ser la opinión de la mayoría, los criterios de la “madre televisión”, etc. Él sabe que el mundo nos ofrece el éxito humano, las comodidades materiales y, peor aún, las pasiones más bajas de nuestro ser, como el fulcro de nuestra felicidad y nuestra confianza.
Jesucristo precisamente porque lo sabe, se ha quedado con nosotros, para luchar a nuestro lado y salir victoriosos de la batalla. La respuesta nos la da el mismo Jesucristo: “Confiad, yo he vencido al mundo”.
Autor: Lorenzo Gómez | Fuente: Catholic.net
Juan 16, 29-33
En aquel tiempo dijeron los discípulos a Jesús: Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios. Jesús les respondió: ¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo.
Reflexión
¡Asombra la claridad con que nos demuestra este evangelio la fragilidad del hombre y la acción de Cristo en nuestra vida! En este pasaje Jesucristo, actuando con la bondad con que le caracteriza, nos hace ver nuestra fragilidad humana y la necesidad de confiar plenamente en Él.
Adentrémonos en este diálogo de Jesucristo con sus discípulos. Para Cristo éstas son las horas previas a su muerte, a su pasión, y por encima del dolor y la angustia que esto le pueda causa, quiere olvidarse de ello y preocuparse sólo de sus discípulos; acerquémonos pues con confianza y escuchemos sus palabras.
En esta ocasión los discípulos quieren ellos mismos expresarle a Jesús su fe: “Señor ahora creemos que has salido de Dios”; seguramente esperaban una respuesta de Cristo que los halagara, que los felicitara,... Sin embargo, la respuesta de Cristo es dura, es una reprensión... ¿Por qué les responde de esta manera Cristo? ¿No eran acaso sus apóstoles, sus elegidos? ¡Claro que lo eran! Sin embargo, aun siendo ya sacerdotes, no dejan por ello de ser hombres, y por tanto débiles, heridos por el pecado.
La lección de Cristo es clara. Él nos pide una fe pura, limpia, y una confianza sencilla, sin racionalismos, sin seguridades humanas, sin nuestros mezquinos criterios egoístas.
Jesucristo sabe que no nos es fácil vivir en un mundo donde el único criterio de verdad viene a ser la opinión de la mayoría, los criterios de la “madre televisión”, etc. Él sabe que el mundo nos ofrece el éxito humano, las comodidades materiales y, peor aún, las pasiones más bajas de nuestro ser, como el fulcro de nuestra felicidad y nuestra confianza.
Jesucristo precisamente porque lo sabe, se ha quedado con nosotros, para luchar a nuestro lado y salir victoriosos de la batalla. La respuesta nos la da el mismo Jesucristo: “Confiad, yo he vencido al mundo”.
Autor: Lorenzo Gómez | Fuente: Catholic.net
domingo, 4 de mayo de 2008
La Ascensión del Señor, triunfo del amor
Mateo 28, 16-20. Solemnidad de la Ascensión. Es el triunfo de toda la humanidad, pues es el triunfo del amor y de la vida sobre las tinieblas del error, la mentira y la muerte.
Mateo 28, 16-20.
Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Reflexión
La Ascensión del Señor, al final del tiempo de la Pascua, nos llena de una profunda alegría, pues es el triunfo del amor y de la vida sobre las tinieblas del error, la mentira y la muerte.
Cuentan que una catequista daba su lección en el interior del templo parroquial y llegó al punto de decirle a los niños: “Y Cristo resucitó de entre los muertos al tercer día...” y los niños, que hoy tienen explicaciones para todo dijeron: “Qué chiste, seguro que estuvo en estado de coma, y luego se levantó”. Si, pero malamente se puede estar en estado de coma con el costado abierto, y con el corazón destrozado por la lanzada cruel de un soldado, cuando ya el Señor estaba muerto, respondió la catequista y continúo: “Y Cristo subió al cielo... para prepararnos un lugar...”. Tampoco eso tiene chiste, dijeron los niños, pues Cristo es tan poderoso, que nomás tomó su cohete y se pudo elevar sobre todo y sobre todos.
Qué difícil es expresar un hecho tan grandioso como la Ascensión de Cristo a los cielos, pues está fuera del tiempo y del espacio. Por eso San Lucas que nos narra ese hecho, lo hace con categorías humanas, valiéndose de palabras que muy difícilmente podrían explicar lo inexplicable, pero el mensaje queda y queda para todas las generaciones.
Al respecto me platicaron que una monjita de convento, de las que nunca salen, de las que hacen oración constante por los que no la hacemos, tuvo necesidad de salir al médico, y estando en la sala de espera, con gran expectación de su parte, y presa de una profunda emoción, frente a la televisión, oyó que el cardenal correspondiente, anunció que ya había Papa nuevo en la Iglesia, y a continuación pudo verlo cuando abrió sus brazos para abrazar a toda la humanidad. Cuando regresó al convento, le contó a la superiora la maravilla que había contemplado, y como en el convento no hay televisión, llamó a todas las hermanas, para que la monjita les relatara lo acontecido. “Y cómo es el Papa nuevo”, le preguntaron: “Ah, es la cosa más maravillosa del mundo, blanco, blanco como un ángel, y con unos brazos largos que parecían sus alas para volar a todos los rincones de la Iglesia”. Y la monjita no se equivocaba, pues así contemplaba ella a Benedicto XVI como no se equivocaba San Lucas que nos habla de la Ascensión del Señor a los cielos. Comienza describiendo el escenario, una montaña, como había sido la promulgación de la Ley a Moisés, como había sido el sermón más importante de Cristo , y como había sido su propia muerte.
La montaña, y parece que de Galilea, porque ahí había comenzado su predicación y ahí, mostraría que ya Jerusalén ni dictaba las normas ni concedía la salvación, que era desde ahora propia de Cristo Jesús el Hijo de Dios. Les da sus instrucciones, y lentamente se va apartado de su vista hasta que desaparece totalmente. Este hecho lleva aparejadas muchas consecuencias, pues en primer lugar Cristo sube al cielo como cabeza de la humanidad, y todos los que somos su familia, nos alegramos porque uno de nuestros miembros el más importante, ya resucitó, ya subió a los cielos y ya se encuentra sentado a la derecha de Dios Padre. Es el triunfo de toda la humanidad.
Es el triunfo del Padre, porque acepta el ofrecimiento de su Hijo en lo alto de la Cruz y por eso puede coronarlo y hacerlo Señor del Universo.
Pero es también triunfo de Cristo, pues sin pecado propio, entregando su propia vida, nos muestra el camino hacia la casa del Padre Celestial, aunque Tomás se pasara de ingenio al pretender que no sabía el camino correcto.
Pero hay otro detalle más. Cuando Cristo desaparece de su vista, unos ángeles se plantan ante los Apóstoles que no caben en sí de asombro, y les preguntan: “¿Qué hacen ahí parados mirando al cielo?”. Ya no es hora de contemplaciones, es la hora de la Iglesia mientras vuelve su Señor.
Es entonces la hora de la Evangelización, es la hora de bautizar a todos los hombres, pero es la hora en que habrá que hacer que cada uno de ellos proceda en toda su vida conforme al lo que Jesús hizo y enseñó. Es la hora del compromiso, es la hora de acercarnos a los pobres, y los más pobres son los que aún ahora, después de veinte siglos, aún no son iluminados por el Evangelio. Y en ese sentido entramos todos, chicos y grandes, hombres y mujeres, religiosos y seglares, sacerdotes y fieles, todos en la gran campaña de evangelización.
Es pues el día de la alegría, del regocijo y de la paz, sin olvidarnos que el próximo domingo concluimos con la fiesta de Pentecostés que hace que el Espíritu Santo esté más activo cada día, impulsando la misma obra de evangelización, hasta que todos los hombres reconozcan que Jesucristo es el Señor y toda rodilla se doble a su nombre.
Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net
Mateo 28, 16-20.
Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Reflexión
La Ascensión del Señor, al final del tiempo de la Pascua, nos llena de una profunda alegría, pues es el triunfo del amor y de la vida sobre las tinieblas del error, la mentira y la muerte.
Cuentan que una catequista daba su lección en el interior del templo parroquial y llegó al punto de decirle a los niños: “Y Cristo resucitó de entre los muertos al tercer día...” y los niños, que hoy tienen explicaciones para todo dijeron: “Qué chiste, seguro que estuvo en estado de coma, y luego se levantó”. Si, pero malamente se puede estar en estado de coma con el costado abierto, y con el corazón destrozado por la lanzada cruel de un soldado, cuando ya el Señor estaba muerto, respondió la catequista y continúo: “Y Cristo subió al cielo... para prepararnos un lugar...”. Tampoco eso tiene chiste, dijeron los niños, pues Cristo es tan poderoso, que nomás tomó su cohete y se pudo elevar sobre todo y sobre todos.
Qué difícil es expresar un hecho tan grandioso como la Ascensión de Cristo a los cielos, pues está fuera del tiempo y del espacio. Por eso San Lucas que nos narra ese hecho, lo hace con categorías humanas, valiéndose de palabras que muy difícilmente podrían explicar lo inexplicable, pero el mensaje queda y queda para todas las generaciones.
Al respecto me platicaron que una monjita de convento, de las que nunca salen, de las que hacen oración constante por los que no la hacemos, tuvo necesidad de salir al médico, y estando en la sala de espera, con gran expectación de su parte, y presa de una profunda emoción, frente a la televisión, oyó que el cardenal correspondiente, anunció que ya había Papa nuevo en la Iglesia, y a continuación pudo verlo cuando abrió sus brazos para abrazar a toda la humanidad. Cuando regresó al convento, le contó a la superiora la maravilla que había contemplado, y como en el convento no hay televisión, llamó a todas las hermanas, para que la monjita les relatara lo acontecido. “Y cómo es el Papa nuevo”, le preguntaron: “Ah, es la cosa más maravillosa del mundo, blanco, blanco como un ángel, y con unos brazos largos que parecían sus alas para volar a todos los rincones de la Iglesia”. Y la monjita no se equivocaba, pues así contemplaba ella a Benedicto XVI como no se equivocaba San Lucas que nos habla de la Ascensión del Señor a los cielos. Comienza describiendo el escenario, una montaña, como había sido la promulgación de la Ley a Moisés, como había sido el sermón más importante de Cristo , y como había sido su propia muerte.
La montaña, y parece que de Galilea, porque ahí había comenzado su predicación y ahí, mostraría que ya Jerusalén ni dictaba las normas ni concedía la salvación, que era desde ahora propia de Cristo Jesús el Hijo de Dios. Les da sus instrucciones, y lentamente se va apartado de su vista hasta que desaparece totalmente. Este hecho lleva aparejadas muchas consecuencias, pues en primer lugar Cristo sube al cielo como cabeza de la humanidad, y todos los que somos su familia, nos alegramos porque uno de nuestros miembros el más importante, ya resucitó, ya subió a los cielos y ya se encuentra sentado a la derecha de Dios Padre. Es el triunfo de toda la humanidad.
Es el triunfo del Padre, porque acepta el ofrecimiento de su Hijo en lo alto de la Cruz y por eso puede coronarlo y hacerlo Señor del Universo.
Pero es también triunfo de Cristo, pues sin pecado propio, entregando su propia vida, nos muestra el camino hacia la casa del Padre Celestial, aunque Tomás se pasara de ingenio al pretender que no sabía el camino correcto.
Pero hay otro detalle más. Cuando Cristo desaparece de su vista, unos ángeles se plantan ante los Apóstoles que no caben en sí de asombro, y les preguntan: “¿Qué hacen ahí parados mirando al cielo?”. Ya no es hora de contemplaciones, es la hora de la Iglesia mientras vuelve su Señor.
Es entonces la hora de la Evangelización, es la hora de bautizar a todos los hombres, pero es la hora en que habrá que hacer que cada uno de ellos proceda en toda su vida conforme al lo que Jesús hizo y enseñó. Es la hora del compromiso, es la hora de acercarnos a los pobres, y los más pobres son los que aún ahora, después de veinte siglos, aún no son iluminados por el Evangelio. Y en ese sentido entramos todos, chicos y grandes, hombres y mujeres, religiosos y seglares, sacerdotes y fieles, todos en la gran campaña de evangelización.
Es pues el día de la alegría, del regocijo y de la paz, sin olvidarnos que el próximo domingo concluimos con la fiesta de Pentecostés que hace que el Espíritu Santo esté más activo cada día, impulsando la misma obra de evangelización, hasta que todos los hombres reconozcan que Jesucristo es el Señor y toda rodilla se doble a su nombre.
Autor: P. Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net
sábado, 3 de mayo de 2008
Dios envió a su Hijo para salvarnos.
Juan 3, 13-17. Fiesta La Santa Cruz. Gracias Señor Jesús, porque entregaste tu vida en la cruz.
Juan 3, 13-17
En aquel tiempo Jesús dijo a Nicodemo: Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
Reflexión
Hoy celebramos la fiesta de la Cruz, símbolo del cristiano. En este diálogo entre Jesús y Nicodemo se anuncia de una manera oculta el momento supremo de la vida de nuestro Salvador: la crucifixión.
La cruz no es sólo un símbolo material, sino la guía de nuestra vida.
Dios en su gran amor, viendo la necesidad que tenía el mundo de ser salvado, no dudó en entregar a su propio Hijo para su salvación. Las circunstancias históricas concurrieron para que la redención se realizara por medio de la cruz. A partir de este acontecimiento la cruz se ha convertido en señal de salvación para todo el que cree que Jesús es el redentor del hombre.
A pesar de que Jesús se puso el primero en el padecer no nos resulta fácil asumir la realidad de la cruz y todos la esquivamos de la mejor manera posible. Pero si ser cristiano es seguir al crucificado, ¿por qué rehusamos seguir sus huellas? Sólo desde el amor se entiende esta entrega, y sólo el amor hace posible convertir en alegría las mayores angustias de la vida. Es cuestión de amor, y cuando algo nos cuesta mucho es señal de que el termómetro del amor marca baja temperatura.
Señor Jesús, que por nuestro amor entregaste tu vida en la cruz, te pedimos acrecientes en nosotros el amor para que podamos asumir con prontitud de ánimo los sufrimientos de la vida.
Autor: María Cruz | Fuente: Catholic.net
Juan 3, 13-17
En aquel tiempo Jesús dijo a Nicodemo: Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
Reflexión
Hoy celebramos la fiesta de la Cruz, símbolo del cristiano. En este diálogo entre Jesús y Nicodemo se anuncia de una manera oculta el momento supremo de la vida de nuestro Salvador: la crucifixión.
La cruz no es sólo un símbolo material, sino la guía de nuestra vida.
Dios en su gran amor, viendo la necesidad que tenía el mundo de ser salvado, no dudó en entregar a su propio Hijo para su salvación. Las circunstancias históricas concurrieron para que la redención se realizara por medio de la cruz. A partir de este acontecimiento la cruz se ha convertido en señal de salvación para todo el que cree que Jesús es el redentor del hombre.
A pesar de que Jesús se puso el primero en el padecer no nos resulta fácil asumir la realidad de la cruz y todos la esquivamos de la mejor manera posible. Pero si ser cristiano es seguir al crucificado, ¿por qué rehusamos seguir sus huellas? Sólo desde el amor se entiende esta entrega, y sólo el amor hace posible convertir en alegría las mayores angustias de la vida. Es cuestión de amor, y cuando algo nos cuesta mucho es señal de que el termómetro del amor marca baja temperatura.
Señor Jesús, que por nuestro amor entregaste tu vida en la cruz, te pedimos acrecientes en nosotros el amor para que podamos asumir con prontitud de ánimo los sufrimientos de la vida.
Autor: María Cruz | Fuente: Catholic.net
viernes, 2 de mayo de 2008
Alegría que nadie les puede quitar
Juan 16, 20-23. Pascua. No hay esperanza más bella que la que aguarda con paciencia.
Juan 16, 20-23
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Reflexión
Esperanza y desolación. Alegría y tristeza. Gozo y dolor. ¿Quién, además de Jesucristo, ofrece esto a sus amigos? ¿Quién propone esta perplejidad para los que quieren seguirle? Sin embargo, es así. El camino de Cristo es un camino de derrota aparente y de triunfo definitivo.
Ante la lectura de estas líneas de san Juan, cabe resaltar la sinceridad del Señor. Jamás oculta la realidad del sufrimiento, y es Él quien, con su propio testimonio, indica por dónde han de marchar sus discípulos. En su vida, Cristo vive la contradicción que confunde a los que escuchan su palabra: se inmola en la cruz para regalar al mundo la paz. La mente humana es demasiado humana para comprender el valor de este sacrificio.
Sin embargo, los cristianos no son unos pobres infelices, derrotados, de vida condenada. Todo lo contrario. Después del sufrimiento les espera un gozo profundo, una alegría incontenible, una sonrisa envidiable. No hay esperanza más bella que la que aguarda con paciencia, aún en medio de las batallas, el cumplimiento de las promesas del amor de Dios. Por eso debe brillar el rostro de un cristiano. ¡Dios lo ha redimido por medio de la donación de sí mismo!
Ante este misterio, la aflicción se transforma en júbilo, la oscuridad de la cruz en el esplendor de la resurrección del Señor.
Autor: Luis Miguel Rincón | Fuente: Catholic.net
Juan 16, 20-23
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar. Aquel día no me preguntaréis nada. En verdad, en verdad os digo: lo que pidáis al Padre os lo dará en mi nombre.
Reflexión
Esperanza y desolación. Alegría y tristeza. Gozo y dolor. ¿Quién, además de Jesucristo, ofrece esto a sus amigos? ¿Quién propone esta perplejidad para los que quieren seguirle? Sin embargo, es así. El camino de Cristo es un camino de derrota aparente y de triunfo definitivo.
Ante la lectura de estas líneas de san Juan, cabe resaltar la sinceridad del Señor. Jamás oculta la realidad del sufrimiento, y es Él quien, con su propio testimonio, indica por dónde han de marchar sus discípulos. En su vida, Cristo vive la contradicción que confunde a los que escuchan su palabra: se inmola en la cruz para regalar al mundo la paz. La mente humana es demasiado humana para comprender el valor de este sacrificio.
Sin embargo, los cristianos no son unos pobres infelices, derrotados, de vida condenada. Todo lo contrario. Después del sufrimiento les espera un gozo profundo, una alegría incontenible, una sonrisa envidiable. No hay esperanza más bella que la que aguarda con paciencia, aún en medio de las batallas, el cumplimiento de las promesas del amor de Dios. Por eso debe brillar el rostro de un cristiano. ¡Dios lo ha redimido por medio de la donación de sí mismo!
Ante este misterio, la aflicción se transforma en júbilo, la oscuridad de la cruz en el esplendor de la resurrección del Señor.
Autor: Luis Miguel Rincón | Fuente: Catholic.net
jueves, 1 de mayo de 2008
¿No es éste el hijo del carpintero?
Mateo 13, 54-58. San José obrero. Todo lo que hizo José, lo hizo "para el Señor", y lo hizo "de corazón".
Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.
Reflexión
¡Cuántas veces nos creemos gente “buena y religiosa” porque vamos a la iglesia, como los israelitas contemporáneos de Jeremías, o los paisanos de Jesús, pero sin creer verdaderamente en la Palabra que el Señor nos dirige!
Dios interpela siempre nuestra conciencia, invitándonos a la conversión y a un cambio radical de vida. Pero esas palabras nos resultan incómodas y molestas, y no queremos oírlas. Por eso perseguimos al “profeta” que nos habla de conversión y no hacemos caso a Cristo mismo, pues, al fin y al cabo, es sólo “el hijo del carpintero”.
Es la hostilidad contra la fe. Necesitamos una actitud de profunda fe y confianza en Jesucristo para querer escuchar su palabra y no escandalizarnos cuando nos sorprende y nos “saca de nuestras casillas” cambiándonos nuestros planes muy personales. Es demasiado cómoda una fe que no exige nada y que se adapta a las propias tendencias pasionales de egoísmo, de placer o de racionalismo.
Pero la verdadera fe nos pone en movimiento, nos empuja a un cambio de vida, a una confianza total en Jesucristo que nos lleva a un compromiso radical de lucha contra el pecado, de caridad, de sacrificio, de dar la cara por Cristo ante los demás, sin miedos ni respetos humanos .
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Mateo 13, 54-58
En aquel tiempo viniendo Jesús a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: «¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto?» Y se escandalizaban a causa de Él. Mas Jesús les dijo: «Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio». Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe.
Reflexión
¡Cuántas veces nos creemos gente “buena y religiosa” porque vamos a la iglesia, como los israelitas contemporáneos de Jeremías, o los paisanos de Jesús, pero sin creer verdaderamente en la Palabra que el Señor nos dirige!
Dios interpela siempre nuestra conciencia, invitándonos a la conversión y a un cambio radical de vida. Pero esas palabras nos resultan incómodas y molestas, y no queremos oírlas. Por eso perseguimos al “profeta” que nos habla de conversión y no hacemos caso a Cristo mismo, pues, al fin y al cabo, es sólo “el hijo del carpintero”.
Es la hostilidad contra la fe. Necesitamos una actitud de profunda fe y confianza en Jesucristo para querer escuchar su palabra y no escandalizarnos cuando nos sorprende y nos “saca de nuestras casillas” cambiándonos nuestros planes muy personales. Es demasiado cómoda una fe que no exige nada y que se adapta a las propias tendencias pasionales de egoísmo, de placer o de racionalismo.
Pero la verdadera fe nos pone en movimiento, nos empuja a un cambio de vida, a una confianza total en Jesucristo que nos lleva a un compromiso radical de lucha contra el pecado, de caridad, de sacrificio, de dar la cara por Cristo ante los demás, sin miedos ni respetos humanos .
Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
miércoles, 30 de abril de 2008
Cuando venga el Espíritu Santo
Juan 16, 12-15. Pascua. Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al corazón.
Juan 16, 12-15.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.
Reflexión
Mucho tengo todavía que deciros…
Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído, al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna, alimento para nuestras almas.
Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas y la historia del mundo haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Entonces seremos los golosos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la salvación.
Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación entera a la instauración total en Cristo.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
Juan 16, 12-15.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Mucho tengo todavía que deciros, pero ahora no podéis con ello. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho: Recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros.
Reflexión
Mucho tengo todavía que deciros…
Cristo tiene todavía muchas cosas por decirte. Él quiere hablarte al oído, al corazón. Quiere verte a los ojos y, con sólo su mirada, decirte que te ama. Él es el Maestro, el Señor. Y sus palabras son palabras de vida eterna, alimento para nuestras almas.
Pero quizá tampoco ahora estemos preparados para digerir lo que Cristo nos quiere decir. Quizá aún vemos demasiado con los ojos de la carne y pensamos demasiado como los hombres y no como Dios. Quizá todavía vivimos apegados a las cosas de la tierra y no hemos aprendido aún a poner nuestros ojos y nuestro corazón en los bienes del cielo. Debemos por tanto aprender a abrir nuestras almas a la luz nueva de Cristo. Una luz que ilumina nuestras vidas y la historia del mundo haciéndonos descubrir la mano amorosa y providente de Dios. Aprenderemos a ver todo desde Dios, con los ojos de Dios. Entonces seremos los golosos de Dios. Llegaremos así a saborear, degustar, paladear el plan magistral y la maravillosa acción de Dios en la historia de la salvación.
Es cuestión de ser dóciles al Espíritu Santo, al Espíritu de la verdad. Él nos llevará hasta la verdad plena. Nos anunciará lo que ha de venir. Nos enseñará a leer los signos de los tiempos, a ver la mano de Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida ordinaria, a amar los caminos misteriosos y fascinantes por los cuales conduce al hombre y a la creación entera a la instauración total en Cristo.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
martes, 29 de abril de 2008
La promesa del Espíritu Santo
Juan 16, 5-11. Pascua. Dios nos manda a Espíritu Santo para acompañarnos siempre.
Juan 16, 5-11.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? Sino que, por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.
Reflexión
Señor: ¿Adónde vas?
En aquella última noche, la noche del amor, ninguno de los discípulos te preguntaba: ¿Dónde vas?
Era la noche de la despedida. Los corazones de los apóstoles, ardientes, palpitaban como llamas encendidas al calor de tu Palabra. De improviso, se llenaron de tristeza ante tu inminente partida. Y sin embargo, ninguno osaba decir: ¿Señor: ¿adónde vas?
En aquella ocasión, nadie, ni siquiera Pedro, Santiago o Juan, levantó su voz para preguntar. Entonces, casi dos mil años después, me atrevo a decir yo -pues sé que te alegrarás con que lo inquiera tan sólo-: Señor: ¿adónde vas?
Parecería que Cristo quisiera respondernos: "Me voy al Padre. Me voy a aquel que me ha enviado. A aquel a quien amo. Mi Padre amado, Señor del cielo y de la tierra, que ha revelado los secretos del Reino a la gente sencilla" (Cfr. Jn.16, 10). Jn.16,5.). A aquel a quien solamente yo conozco, y también le conocerá aquel a quien Yo se lo quiera revelar. Aquel de quien he venido y al cual ahora retorno. Él es mi Padre, en quien Yo también pongo todas mis complacencias”.
Cristo ama al Padre. Todo su alimento consiste en hacer la Voluntad del Padre y llevar a cabo su obra. ¡Qué gozo y exaltación en el Espíritu experimentaría Cristo al regresar al seno del Padre! Al abrazo de aquel Padre, rico en misericordia que ha puesto en el Hijo todas sus complacencias.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
Juan 16, 5-11.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Dónde vas? Sino que, por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado.
Reflexión
Señor: ¿Adónde vas?
En aquella última noche, la noche del amor, ninguno de los discípulos te preguntaba: ¿Dónde vas?
Era la noche de la despedida. Los corazones de los apóstoles, ardientes, palpitaban como llamas encendidas al calor de tu Palabra. De improviso, se llenaron de tristeza ante tu inminente partida. Y sin embargo, ninguno osaba decir: ¿Señor: ¿adónde vas?
En aquella ocasión, nadie, ni siquiera Pedro, Santiago o Juan, levantó su voz para preguntar. Entonces, casi dos mil años después, me atrevo a decir yo -pues sé que te alegrarás con que lo inquiera tan sólo-: Señor: ¿adónde vas?
Parecería que Cristo quisiera respondernos: "Me voy al Padre. Me voy a aquel que me ha enviado. A aquel a quien amo. Mi Padre amado, Señor del cielo y de la tierra, que ha revelado los secretos del Reino a la gente sencilla" (Cfr. Jn.16, 10). Jn.16,5.). A aquel a quien solamente yo conozco, y también le conocerá aquel a quien Yo se lo quiera revelar. Aquel de quien he venido y al cual ahora retorno. Él es mi Padre, en quien Yo también pongo todas mis complacencias”.
Cristo ama al Padre. Todo su alimento consiste en hacer la Voluntad del Padre y llevar a cabo su obra. ¡Qué gozo y exaltación en el Espíritu experimentaría Cristo al regresar al seno del Padre! Al abrazo de aquel Padre, rico en misericordia que ha puesto en el Hijo todas sus complacencias.
Autor: Juan Guillermo Delgado | Fuente: Catholic.net
lunes, 28 de abril de 2008
Ustedes darán testimonio
Juan 15, 26-16,4. Pascua. Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad.
Juan 15,26. 16,4.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
Reflexión
Para oír basta con no estar sordo. Para escuchar hacen falta muchas otras cosas: tener un alma despierta; abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, entre en ti; ponerte en la misma longitud de onda que el que está conversando con nosotros; olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestros pensamientos para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo. ¡Todo un arte!
Este relacionarse, «ser social», es algo propio, natural de todo hombre. "La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación". (Gaudium et Spes, nn. 24-25)
El mensaje que Jesús nos propone hoy retumba fuertemente en el mundo actual. Nos promete que nos enviará al Consolador. Nos dice que daremos testimonio de Él. Y nos previene para que no nos escandalicemos: seremos perseguidos, calumniados, e incluso, muchos morirán en su nombre. Este es el resumen del cristianismo a lo largo de dos milenios. Un Espíritu que sopla y conforta. Un testimonio único e invaluable de caridad cristiana. Un número incontable de mártires y defensores de la fe. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un anciano no hay ayuda como un rato de conversación sin prisas y un poco de comprensión. El indigente necesita más nuestro cariño que nuestra limosna. Para el parado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo por el trabajo que le pagarán. Y es que la esencia del cristianismo es la caridad. No hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en que abundan los constructores de barreras.
En un mundo de zanjas ¿qué mejor que dedicarse a la tarea de superarlas? En este sentido, tenemos un gran ejemplo en Juan Pablo II. Un cristiano auténtico que supo acoger en su alma al Espíritu Santo. Que dió testimonio de Cristo en todo el mundo. Que vivió la caridad y aceptó el dolor por el bien de la Iglesia y del Reino de Dios.
Cuando un jugador de fútbol de la talla del croata Savor Šuker, describe su encuentro con el Papa Juan Pablo II dice: «Este encuentro con el Papa, para mí, vale más que cualquier victoria en un partido de fútbol. Yo soy futbolista, pero lo que realmente queda en la vida son otras cosas, y entre éstas, el testimonio de fe que el Santo Padre ofreció a todo el mundo».. O aquella del chileno Marcelo Salas, tras haber saludado al Papa por primera vez: «No sé ni siquiera describirlo. He experimentado una alegría inolvidable. He soñado con encontrarle a lo largo de muchos años. He tenido una oportunidad excepcional».
Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad. Ojalá que quien se acerque a nosotros se quede marcado para siempre, no por nuestra personalidad o nuestras cualidades, sino porque somos reflejo del amor de Cristo al hombre, a todo hombre. Que se diga de nosotros lo mismo que se decía sobre los primeros cristianos: «¡Mirad, cómo se aman!».
Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net
Juan 15,26. 16,4.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.
Reflexión
Para oír basta con no estar sordo. Para escuchar hacen falta muchas otras cosas: tener un alma despierta; abrirla para recibir al que, a través de sus palabras, entre en ti; ponerte en la misma longitud de onda que el que está conversando con nosotros; olvidarnos por un momento de nosotros mismos y de nuestros pensamientos para preocuparnos por la persona y los pensamientos del prójimo. ¡Todo un arte!
Este relacionarse, «ser social», es algo propio, natural de todo hombre. "La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental. Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación". (Gaudium et Spes, nn. 24-25)
El mensaje que Jesús nos propone hoy retumba fuertemente en el mundo actual. Nos promete que nos enviará al Consolador. Nos dice que daremos testimonio de Él. Y nos previene para que no nos escandalicemos: seremos perseguidos, calumniados, e incluso, muchos morirán en su nombre. Este es el resumen del cristianismo a lo largo de dos milenios. Un Espíritu que sopla y conforta. Un testimonio único e invaluable de caridad cristiana. Un número incontable de mártires y defensores de la fe. Para un enfermo es la compañía sonriente la mejor de las medicinas. Para un anciano no hay ayuda como un rato de conversación sin prisas y un poco de comprensión. El indigente necesita más nuestro cariño que nuestra limosna. Para el parado es tan necesario sentirse persona trabajando como el sueldo por el trabajo que le pagarán. Y es que la esencia del cristianismo es la caridad. No hay tarea más hermosa que dedicarse a tender puentes hacia los hombres y hacia las cosas. Sobre todo en un tiempo en que abundan los constructores de barreras.
En un mundo de zanjas ¿qué mejor que dedicarse a la tarea de superarlas? En este sentido, tenemos un gran ejemplo en Juan Pablo II. Un cristiano auténtico que supo acoger en su alma al Espíritu Santo. Que dió testimonio de Cristo en todo el mundo. Que vivió la caridad y aceptó el dolor por el bien de la Iglesia y del Reino de Dios.
Cuando un jugador de fútbol de la talla del croata Savor Šuker, describe su encuentro con el Papa Juan Pablo II dice: «Este encuentro con el Papa, para mí, vale más que cualquier victoria en un partido de fútbol. Yo soy futbolista, pero lo que realmente queda en la vida son otras cosas, y entre éstas, el testimonio de fe que el Santo Padre ofreció a todo el mundo».. O aquella del chileno Marcelo Salas, tras haber saludado al Papa por primera vez: «No sé ni siquiera describirlo. He experimentado una alegría inolvidable. He soñado con encontrarle a lo largo de muchos años. He tenido una oportunidad excepcional».
Todo cristiano está llamado a dar testimonio de fe, de amor y de santidad. Ojalá que quien se acerque a nosotros se quede marcado para siempre, no por nuestra personalidad o nuestras cualidades, sino porque somos reflejo del amor de Cristo al hombre, a todo hombre. Que se diga de nosotros lo mismo que se decía sobre los primeros cristianos: «¡Mirad, cómo se aman!».
Autor: Xavier Caballero | Fuente: Catholic.net
domingo, 27 de abril de 2008
Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras
Juan 14, 15-21. Pascua. Dios no pide imposibles; sino que hagas lo que puedas y le pidas lo que no puedas.
Juan 14, 15-21
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él."
Reflexión
«Si me amáis...» (Jn 14:15-21)
En el Evangelio de hoy nos dice Cristo que si le amamos guardaremos sus mandamientos. Y en una ocasión en que un joven le preguntó lo que hay que hacer para entrar en la vida eterna, Cristo le contestó: «guardar los mandamientos».
Ya dice el refrán español: «Obras son amores, y no buenas razones».
Por eso es absurdo eso de los «católicos no practicantes». El ser católico se demuestra con las obras. ¿Qué diríamos de uno que dijera: «yo soy escritor, pero jamas he escrito una línea». O de otro: «yo soy futbolista, pero jamás he dado una patada a un balón. Hay que ser coherentes.
Los protestantes dicen que para salvarse basta la fe. Pero los católicos decimos que además de la fe son necesarias las buenas obras. Ya lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy, y también lo dice el Apóstol Santiago en su carta (2,26): «La fe sin obras está muerta». El demonio cree en Dios, y está en el infierno.
Tampoco bastan las obras buenas sin la fe. Hay ateos que son buenas personas, pero si no creen en Dios, esas buenas obras no bastan. A no ser que su falta de fe sea inculpable. Pero es difícil que entre nosotros haya personas que no hayan tenido ocasión de informarse sobre la fe. El que no tiene fe por falta de interés en informarse, es responsable de su falta de
fe. Su ignorancia es culpable.
Los mandamientos no son imposiciones caprichosas, sino un exponente de la ley natural; por eso incluso los que se consideran ateos se molestan si se les llama mentirosos o ladrones.
Si todo el mundo los cumpliera, sobrarían todas las cárceles.
El cumplir los mandamientos, a veces, es costoso; pero su cumplimiento perfecciona al hombre. Lo mismo que las ruedas del carro que, aunque pesan, le ayudan a andar; un carro sin ruedas no hay quien lo mueva.
Pero no son imposibles de guardar, con la ayuda de Dios. Decía San Agustín: «Dios no pide imposibles; sino que hagas lo que puedas, le pidas lo que no puedas, y Él te ayudará para que puedas». Y también: «Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras».
Autor: P Jorge Loring | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 15-21
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él."
Reflexión
«Si me amáis...» (Jn 14:15-21)
En el Evangelio de hoy nos dice Cristo que si le amamos guardaremos sus mandamientos. Y en una ocasión en que un joven le preguntó lo que hay que hacer para entrar en la vida eterna, Cristo le contestó: «guardar los mandamientos».
Ya dice el refrán español: «Obras son amores, y no buenas razones».
Por eso es absurdo eso de los «católicos no practicantes». El ser católico se demuestra con las obras. ¿Qué diríamos de uno que dijera: «yo soy escritor, pero jamas he escrito una línea». O de otro: «yo soy futbolista, pero jamás he dado una patada a un balón. Hay que ser coherentes.
Los protestantes dicen que para salvarse basta la fe. Pero los católicos decimos que además de la fe son necesarias las buenas obras. Ya lo dice Jesucristo en el Evangelio de hoy, y también lo dice el Apóstol Santiago en su carta (2,26): «La fe sin obras está muerta». El demonio cree en Dios, y está en el infierno.
Tampoco bastan las obras buenas sin la fe. Hay ateos que son buenas personas, pero si no creen en Dios, esas buenas obras no bastan. A no ser que su falta de fe sea inculpable. Pero es difícil que entre nosotros haya personas que no hayan tenido ocasión de informarse sobre la fe. El que no tiene fe por falta de interés en informarse, es responsable de su falta de
fe. Su ignorancia es culpable.
Los mandamientos no son imposiciones caprichosas, sino un exponente de la ley natural; por eso incluso los que se consideran ateos se molestan si se les llama mentirosos o ladrones.
Si todo el mundo los cumpliera, sobrarían todas las cárceles.
El cumplir los mandamientos, a veces, es costoso; pero su cumplimiento perfecciona al hombre. Lo mismo que las ruedas del carro que, aunque pesan, le ayudan a andar; un carro sin ruedas no hay quien lo mueva.
Pero no son imposibles de guardar, con la ayuda de Dios. Decía San Agustín: «Dios no pide imposibles; sino que hagas lo que puedas, le pidas lo que no puedas, y Él te ayudará para que puedas». Y también: «Señor, dame fuerza para lo que me pides, y pídeme lo que quieras».
Autor: P Jorge Loring | Fuente: Catholic.net
sábado, 26 de abril de 2008
Odio del mundo contra Jesús y los suyos
Juan 15, 18-21. Pascua. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.
Juan 15, 18-21
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.
Reflexión
Muchos de nosotros tenemos algunos caracteres que nos identifican como hijos del señor “Y” y la señora “X”. Son los rasgos heredados de nuestros padres. Lo que los científicos llaman el patrimonio genético. De ellos heredamos unos ojos oscuros o claros, el color de nuestro cabello, nuestra estatura, y también algo de lo que será nuestro temperamento.
Como cristianos, también heredamos rasgos espirituales de nuestra madre la Iglesia. Lo dice claramente Jesucristo: pertenecemos a algo que va más allá de nuestros pobres horizontes materiales. No somos de este mundo. La gracia nos eleva a un orden superior.
Pero debemos ser conscientes de que también muchos de nuestros hermanos en Cristo sufren el desafío continuo de la fe, ya sea con la persecución, las calumnias, o hasta con la misma vida.
Pensaríamos que dentro de las cosas heredadas, esta sería una de esas enfermedades mortales que se tienen sin ser deseadas. Pero la realidad es que Dios en su infinita sabiduría, lo ha puesto como el vínculo más estrecho entre su Reino que espera. Y nosotros peregrinos buscamos siempre la forma de acercarnos más a Él. No temamos, pues, su brazo siempre está con nosotros. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
Juan 15, 18-21
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.
Reflexión
Muchos de nosotros tenemos algunos caracteres que nos identifican como hijos del señor “Y” y la señora “X”. Son los rasgos heredados de nuestros padres. Lo que los científicos llaman el patrimonio genético. De ellos heredamos unos ojos oscuros o claros, el color de nuestro cabello, nuestra estatura, y también algo de lo que será nuestro temperamento.
Como cristianos, también heredamos rasgos espirituales de nuestra madre la Iglesia. Lo dice claramente Jesucristo: pertenecemos a algo que va más allá de nuestros pobres horizontes materiales. No somos de este mundo. La gracia nos eleva a un orden superior.
Pero debemos ser conscientes de que también muchos de nuestros hermanos en Cristo sufren el desafío continuo de la fe, ya sea con la persecución, las calumnias, o hasta con la misma vida.
Pensaríamos que dentro de las cosas heredadas, esta sería una de esas enfermedades mortales que se tienen sin ser deseadas. Pero la realidad es que Dios en su infinita sabiduría, lo ha puesto como el vínculo más estrecho entre su Reino que espera. Y nosotros peregrinos buscamos siempre la forma de acercarnos más a Él. No temamos, pues, su brazo siempre está con nosotros. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
viernes, 25 de abril de 2008
Id por todo el mundo y proclamad el Evangelio
Marcos 16, 15-20. Fiesta San Marcos, evangelista. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados.
Marcos 16, 15-20
En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien." Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.
Reflexión:
Nos encontramos en el Monte de los Olivos, en el mismo lugar donde cuarenta días antes, Jesús era entregado por uno de sus discípulos y donde todos los demás le abandonaron. Pero las cosas han cambiado y ya no son los mismos apóstoles de antes, la Resurrección los ha cambiado. Y Jesús se da cuenta de esto, por eso, les da una nueva misión: predicar el evangelio a todos los hombres, suscitar la fe, transmitir la salvación mediante el bautismo: he aquí la misión de los apóstoles después de la Resurrección. Y nosotros católicos somos hoy en día esos apóstoles resucitados.
Es verdad que en nuestras vidas hemos abandonado a Cristo muchas veces, pero eso a Jesús no le importa. Él nos llama a predicar el evangelio con un ardor de caridad que nos oblige a transmitir a los demás la verdad que hemos encontrado; nos dará la fuerza para ser tanto de palabra como de obra un ferviente testimonio del evangelio. Ahora bien, ¿qué nos diferencia a nosotros de los apóstoles? Tenemos la misma fe, la misma caridad, la misma doctrina, el mismo Dios... Pero nos falta su amor apasionado a Cristo, que les llevó a considerar todo basura y estiércol comparado con Cristo.
Hoy es un día de conversión. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados y pidamos esa fe y ese amor que nos convierta también a nosotros en luz y fuego en medio de la oscuridad del mundo.
Autor: Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
Marcos 16, 15-20
En aquel tiempo se apareció Jesús y les dijo: "Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien." Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban.
Reflexión:
Nos encontramos en el Monte de los Olivos, en el mismo lugar donde cuarenta días antes, Jesús era entregado por uno de sus discípulos y donde todos los demás le abandonaron. Pero las cosas han cambiado y ya no son los mismos apóstoles de antes, la Resurrección los ha cambiado. Y Jesús se da cuenta de esto, por eso, les da una nueva misión: predicar el evangelio a todos los hombres, suscitar la fe, transmitir la salvación mediante el bautismo: he aquí la misión de los apóstoles después de la Resurrección. Y nosotros católicos somos hoy en día esos apóstoles resucitados.
Es verdad que en nuestras vidas hemos abandonado a Cristo muchas veces, pero eso a Jesús no le importa. Él nos llama a predicar el evangelio con un ardor de caridad que nos oblige a transmitir a los demás la verdad que hemos encontrado; nos dará la fuerza para ser tanto de palabra como de obra un ferviente testimonio del evangelio. Ahora bien, ¿qué nos diferencia a nosotros de los apóstoles? Tenemos la misma fe, la misma caridad, la misma doctrina, el mismo Dios... Pero nos falta su amor apasionado a Cristo, que les llevó a considerar todo basura y estiércol comparado con Cristo.
Hoy es un día de conversión. No esperemos más, convirtámonos en esos apóstoles resucitados y pidamos esa fe y ese amor que nos convierta también a nosotros en luz y fuego en medio de la oscuridad del mundo.
Autor: Noé Patiño | Fuente: Catholic.net
jueves, 24 de abril de 2008
Permaneced en mi amor
Juan 15, 9-11, Pascua. El amor de Dios deja huellas en nuestro corazón.
Juan 15, 9-11
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.
Reflexión
El buen ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.
No podemos negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal grado que queremos pisar su rastro.
Unos simples pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras, escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar su alma para imitar su amor.
Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea recuperada y vuelva de nuevo la alegría.
Por ello, nuestra correspondencia debe ser de donación semejante. La entrega de lo que somos, a aquellos que amamos y conocemos, a los que nos son cercanos, pero también a los que no tenemos ni cercanos en nuestro corazón ni nos son conocidos. Allí radica nuestra alegría: “amor es donación”.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
Juan 15, 9-11
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.
Reflexión
El buen ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.
No podemos negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal grado que queremos pisar su rastro.
Unos simples pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras, escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar su alma para imitar su amor.
Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea recuperada y vuelva de nuevo la alegría.
Por ello, nuestra correspondencia debe ser de donación semejante. La entrega de lo que somos, a aquellos que amamos y conocemos, a los que nos son cercanos, pero también a los que no tenemos ni cercanos en nuestro corazón ni nos son conocidos. Allí radica nuestra alegría: “amor es donación”.
Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
miércoles, 23 de abril de 2008
Yo soy la vid verdadera
Juan 15, 1-8. Pascua. Cristo quiere que demos frutos, por eso nos poda, nos limpia, aunque duela.
Juan 15, 1-8.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Reflexión
En una pequeña iglesia de Roma, poco visitada por los turistas, hay un sagrario que me encanta; un pelícano se picotea el pecho para dar de comer a sus poyuelos de su propia sangre, pues el alimento escasea. Es la misma imagen de Cristo que se da a nosotros para que podamos ser fieles a nuestra vocación de cristianos; el alimento espiritual escasea en el mundo y no se nos ofrece ni en la televisión ni en los escaparates.
Pero es que Dios es genial y nadie mejor que Él ha podido tener una idea semejante, darse a sí mismo por comida para que en ningún momento pasemos hambre; ya no vale decir como Elías cuando iba por el desierto: “me sentaré aquí y me atormentaré hasta que me llegue la muerte”. No tenemos excusa, Cristo no se mueve del sagrario para que en cada momento vayamos a unirnos con Él, vayamos a tomar fuerzas para la jornada.
Sin duda alguna la mejor manera de llegar a Cristo es la Virgen María; es el camino que nunca falla, el más directo y el más seguro. Porque ¿quién puede tener miedo de una Madre tan buena? Como le decía la Virgen de Guadalupe a Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Con una Madre así llegar a Cristo es lo más fácil del mundo y la vida del cristiano se convierte en un continuo gozo.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
Juan 15, 1-8.
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos.
Reflexión
En una pequeña iglesia de Roma, poco visitada por los turistas, hay un sagrario que me encanta; un pelícano se picotea el pecho para dar de comer a sus poyuelos de su propia sangre, pues el alimento escasea. Es la misma imagen de Cristo que se da a nosotros para que podamos ser fieles a nuestra vocación de cristianos; el alimento espiritual escasea en el mundo y no se nos ofrece ni en la televisión ni en los escaparates.
Pero es que Dios es genial y nadie mejor que Él ha podido tener una idea semejante, darse a sí mismo por comida para que en ningún momento pasemos hambre; ya no vale decir como Elías cuando iba por el desierto: “me sentaré aquí y me atormentaré hasta que me llegue la muerte”. No tenemos excusa, Cristo no se mueve del sagrario para que en cada momento vayamos a unirnos con Él, vayamos a tomar fuerzas para la jornada.
Sin duda alguna la mejor manera de llegar a Cristo es la Virgen María; es el camino que nunca falla, el más directo y el más seguro. Porque ¿quién puede tener miedo de una Madre tan buena? Como le decía la Virgen de Guadalupe a Juan Diego: “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”. Con una Madre así llegar a Cristo es lo más fácil del mundo y la vida del cristiano se convierte en un continuo gozo.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
martes, 22 de abril de 2008
Cristo da la paz a sus discípulos
Juan 14, 27-31. Pascua. Quien se aferra a Cristo en la tentación, experimenta la paz y la alegría del alma.
Juan 14, 27-31
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí.
Reflexión
Hay un refrán que dice: “Quien algo teme es que algo debe”. La verdad que este sencillo dicho popular tiene mucho de verdadero. Así nos sucede en nuestra vida cristiana cuando no tenemos paz en nuestro interior. Algo no va bien, Cristo no está contento con nuestro modo de obrar o de pensar; nuestra alma se ve invadida por las tentaciones del demonio. Parece que va a naufragar y en vez de ir a Cristo nos acogemos a nuestras propias fuerzas; entonces sucede el cataclismo de nuestra vida cristiana.
Por el contrario, quien se agarra a Cristo en la tentación, experimenta la paz y la alegría del alma que se siente fuerte contra la tentación, porque está Cristo con nosotros; en lo más íntimo de nuestro corazón escuchamos las palabras de Jesús. “La paz os dejo, mi paz os doy”.
¡Cuántas cosas María no entendería a lo largo de su vida! Sin embargo, la tristeza y la desazón no llegaron a su alma, porque siempre llevaba a Cristo en el corazón y Cristo sólo produce paz y felicidad para el alma. Cuánto hemos de aprender de María. Sigamos su ejemplo; acerquémonos a Ella para pedirle que nos enseñe a amar a Jesús, que nos llene de su paz, pues una y otra vez María nos llevará hasta Jesús y nos susurrará al oído: “haz lo que Él te diga”.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
Juan 14, 27-31
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: Me voy y volveré a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado. Levantaos. Vámonos de aquí.
Reflexión
Hay un refrán que dice: “Quien algo teme es que algo debe”. La verdad que este sencillo dicho popular tiene mucho de verdadero. Así nos sucede en nuestra vida cristiana cuando no tenemos paz en nuestro interior. Algo no va bien, Cristo no está contento con nuestro modo de obrar o de pensar; nuestra alma se ve invadida por las tentaciones del demonio. Parece que va a naufragar y en vez de ir a Cristo nos acogemos a nuestras propias fuerzas; entonces sucede el cataclismo de nuestra vida cristiana.
Por el contrario, quien se agarra a Cristo en la tentación, experimenta la paz y la alegría del alma que se siente fuerte contra la tentación, porque está Cristo con nosotros; en lo más íntimo de nuestro corazón escuchamos las palabras de Jesús. “La paz os dejo, mi paz os doy”.
¡Cuántas cosas María no entendería a lo largo de su vida! Sin embargo, la tristeza y la desazón no llegaron a su alma, porque siempre llevaba a Cristo en el corazón y Cristo sólo produce paz y felicidad para el alma. Cuánto hemos de aprender de María. Sigamos su ejemplo; acerquémonos a Ella para pedirle que nos enseñe a amar a Jesús, que nos llene de su paz, pues una y otra vez María nos llevará hasta Jesús y nos susurrará al oído: “haz lo que Él te diga”.
Autor: Estanislao García | Fuente: Catholic.net
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